Entrar Via

El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 105

Fernanda no se dio cuenta del momento incómodo entre Lázaro y Mireya.

Con su tono quejumbroso, refunfuñó:

—No crean que esa Rocío sea la gran cosa, anda todo el día con sus aires de quién sabe qué, pero hay tres cosas en las que sí se defiende: sabe lavar la ropa, cocina bien y me da unos masajes que, ni los de los salones de masaje le llegan. Sus manos tienen la fuerza precisa, ni flojas ni toscas.

Al notar que ni Lázaro ni Mireya le respondían, Fernanda giró la cabeza con dificultad para mirarlos.

Luego suspiró:

—Lázaro, Mire, yo sé que Rocío cae mal, todos queremos que deje de estar pegada a la familia Valdez, pero Carolina la necesita. A Lázaro y a Carolina les encanta lo que cocina, Mire, tú también has probado varias veces su comida. Mejor que le subamos el sueldo y ya la dejamos como empleada de la casa.

Al ver a su madre tan adolorida, Lázaro dudó sobre cómo contarle lo que pasó anoche en la fiesta de cumpleaños.

Así que solo le respondió evadiendo:

—Mamá, lo voy a pensar. Por ahora te voy a buscar a alguien que te dé un buen masaje para quitarte ese dolor del cuello.

—Pues ni modo… —suspiró Fernanda.

Cuando la enfermedad no le afectaba directamente, Fernanda no sentía la importancia de Rocío. Pero esos días, con el dolor en el cuello y cuidando a Carolina, empezó a notar que Rocío sí que hacía falta en la casa.

Media hora después, Lázaro había contratado a una de las masajistas más conocidas de Solsepia, pagando trescientos pesos la hora.

Apenas escuchó que Fernanda quería un masaje continuo de cinco o seis horas, hasta que se le quitara el dolor, la masajista puso cara de susto.

—Disculpe, señor Valdez, pero eso no se puede. Masajear cinco o seis horas sin parar, se me va a caer la mano.

—¡Eso no puede ser! Mi nuera me ha dado masajes de seis, siete horas seguidas y nunca se le cayó la mano —reviró Fernanda, indignada.

—Pues su nuera sí que tuvo mala suerte con una suegra como usted —aventó la masajista, dejando la frase en el aire antes de girar y salir casi corriendo.

Fernanda se quedó muda por un momento.

Sin rendirse, Lázaro marcó de nuevo y trajo a otra masajista, pero esta vez solo pidió dos horas de masaje.

Lázaro se frotó el entrecejo y soltó un suspiro:

—Hoy ya no nos da tiempo. Mañana temprano llevamos a Álvaro a ver el terreno. Lo del divorcio… que espere un día más.

Mireya era una mujer que sabía cuándo ceder.

Además, estaba muy claro que todo el pensamiento de Lázaro giraba en torno a ella, así que no iba a ponerse a discutir si el divorcio con Rocío era hoy o mañana.

—Por supuesto que no hay problema —respondió con una sonrisa radiante—. Entonces, yo y mis papás acompañamos al señor Gómez, ¿tú te quedas aquí con tu mamá? ¿Nos vemos mañana temprano?

—Perfecto —acordó el hombre, con voz tranquila.

...

Una hora después, Mireya llegó al hotel donde se alojaba Álvaro. Apenas entró al vestíbulo, vio a sus papás sentados en una mesa, charlando animadamente con Álvaro mientras tomaban café.

—¡Señor Gómez! —saludó Mireya con una sonrisa coqueta, y se acercó a ellos con paso ligero.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Desquite de una Madre Luchona