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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 118

Nadie en el mundo la cuidaría y la querría como su madre.

Ni siquiera su papá podía preocuparse por ella de la misma manera.

A sus cinco años, la pequeña había pasado una semana internada en el hospital. Aquello la obligó a crecer de golpe.

Unos días antes, la señora que trabajaba como empleada doméstica le había dicho:

—Tu mamá es una santa, pobrecita. Tener una hija como tú, sí que es una tragedia para ella. ¿En qué mundo existe una madre que no quiera a su niña? ¡Si tu mamá no te quisiera, no se habría quedado temblando de frío toda la noche bajo la lluvia, solo para asegurarse de que estuvieras bien! ¿Y tú? Vas y le haces daño comparándola con otra mujer que ni es tu mamá.

Las palabras de la empleada se le quedaron clavadas en el pecho, retorciéndole el alma.

Ya no pudo aguantar más.

Dejó a un lado todo su orgullo y terquedad. ¡Tenía que llamar a su mamá!

—¡No quiero a nadie más! ¡Solo quiero a mi mamá! Si papá y Mireya no quieren que mi mamá vuelva a la casa, entonces llévenme con ella, ¿está bien? Quiero estar con mi mamá, llévenme con ella, por favor... —Carolina rompió en llanto, suplicando a su papá al ver que él no le respondía.

Al escuchar el llanto desgarrador de Carolina, a Lázaro se le apretó el corazón con un peso insoportable.

Inmediatamente vinieron a su mente los días en que Rocío aún vivía en casa.

Aunque entre él y Rocío jamás hubo una verdadera conversación, la vida de los tres estaba llena de esos pequeños detalles de la vida diaria.

Cada mañana, desayunaba en casa lo que Rocío cocinaba.

Cada noche, Rocío le preparaba el agua para bañarse, ni muy caliente ni fría, justo a cuarenta y dos grados.

Sin importar que él respondiera o no, Rocío siempre encontraba la manera de hablarle.

—Lázaro, tienes la cara cansada, ¿no has dormido bien? Ya te preparé el agua para que te relajes. Si quieres, te doy un masaje en la cabeza, seguro te ayuda a descansar.

—Lázaro, te traje comida, no comas en la empresa con los empleados, la comida ahí es muy grasosa y te hace daño al estómago.

—Lázaro, cuando vayas a reuniones con clientes, no tomes tanto.

—Lázaro... trata de llegar temprano hoy.

—Lázaro, te compré ropa interior nueva, pruébatela y dime si te ajusta bien...

—Lázaro, cambié tu cepillo de dientes por uno más suave, ¿ves si te gusta?

—Lázaro, olvidaste tu reloj...

—Lázaro...

—Carolina, vete con la abuela por ahora. Cuando termine aquí, iré a buscarte. ¡Ya está decidido!

Apenas terminó de decirlo, colgó la llamada.

En ese momento, tocaron la puerta de la oficina.

—¡Adelante! —ordenó Lázaro, su voz cortante y llena de hielo.

Entró Manuel, su asistente de confianza durante más de diez años.

—¿Qué pasa? —Lázaro se frotó la frente, con el ceño marcado y la expresión dura, mirando a Manuel con impaciencia.

Manuel se estremeció de nervios.

—¿Qué sucede? —repitió Lázaro, ya sin aguantar más, con un tono que cortaba el aire.

Manuel, tembloroso, le entregó un sobre sellado.

—Señor Valdez, esto... esto llegó del juzgado. Parece una citación. Pero en el sobre dice que es personal, solo para usted.

—¿Del juzgado? ¿Quién quiere demandarme ahora? —Lázaro, sorprendido, tomó el sobre y lo abrió de inmediato.

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