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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 117

—Carolina, papá está ocupado trabajando ahora, pero hoy voy a regresar más temprano para estar contigo, ¿te parece bien? —Lázaro no era bueno para consolar niños, pero al escuchar el llanto de su hija al teléfono, una punzada de culpa le atravesó el corazón.

Era culpa por haberle quitado la compañía de su madre.

—¡Quiero que mi mamá regrese! ¡Quiero a mi mamá, la quiero aquí! —El llanto de la niña sonaba agudo y desesperado, desgarrando la calma de la casa.

Después de una semana internada en el hospital, Carolina finalmente había dejado de lado ese orgullo que siempre la acompañaba.

Por primera vez, le confesó a su papá lo que sentía en lo más profundo de su corazón:

—Papá, quiero ver a mi mamá todos los días, quiero dormir abrazada a ella, quiero sentir su olor, quiero comer la comida que ella prepara, quiero que regrese y me abrace como antes, que me cuente historias… Cuando me enfermo, mi mamá siempre me abraza hasta que me siento mejor… No quiero que mi mamá abrace a otros niños…

Entre sollozos, la pequeña dejó caer todas sus defensas, mostrando lo vulnerable que se sentía.

Ya no le reclamaba a su madre por negarse a cocinarle a Mireya; tampoco le exigía que salvara a Benjamín. Ahora entendía que su mamá no tenía ninguna obligación de ayudarles.

Lo único que deseaba era que su mamá la quisiera solo a ella.

Recordaba la última vez en urgencias, cuando su papá y Mireya la dejaron sola en el hospital. Carolina tuvo tanto miedo que ni siquiera se atrevió a llorar. Usó el teléfono del hospital para llamar a su mamá, quien llegó corriendo a buscarla. Pero cuando su papá regresó por ella, terminó yéndose con él a la sala VIP, mientras su mamá, preocupada, la esperó toda la noche en la puerta de la casa. Por dentro, Carolina se sintió conmovida y le dolió ver a su mamá así.

Pero aun así, se mantuvo terca.

Siempre tan orgullosa.

Jamás quiso admitir su error ante su mamá.

En ese entonces, seguía creyendo que Mireya valía mucho más que su madre.

Por eso, obligó a su mamá a regresar a casa como empleada doméstica, para atenderla a ella, a su papá y a Mireya.

Recordaba perfectamente la tristeza y la desesperación en los ojos de su madre aquel día. Cuando la vio marcharse, se arrepintió al instante.

Aun así, su orgullo la mantuvo firme y se negó a pedirle perdón.

Se había acostumbrado a nunca ceder ante su mamá.

Se había acostumbrado a lastimarla.

Habló con su papá varias veces sobre eso, su abuelita también le insistió, y tanto su papá como Mireya aceptaron que su mamá volviera a casa como empleada.

Pero su mamá ya no quiso regresar.

Su mamá ya no quería formar parte de esa familia.

Su mamá ya no quería ni mirarla.

Durante esa semana en el hospital, su papá y Mireya estuvieron muy ocupados, no podían acompañarla ni cuidarla como lo hacía su mamá.

Su abuelita tampoco podía atenderla con tanto esmero.

Apenas apoyó su cabeza en el brazo de su abuelita un momento y la pobre terminó con el cuello torcido.

Después de eso, su abuelita ni siquiera le quiso contar historias.

Fue entonces cuando Carolina entendió que, sin su mamá, aunque estuviera rodeada de gente, seguía sintiéndose sola, como una huérfana en medio de todos.

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