Hoy el lugar estaba de lo más animado. Rocío jamás había estado en un sitio tan concurrido; Jimena había invitado a un montón de sus amigos.
Todos desconocidos para Rocío.
Cuando Rocío entró, tomada del brazo de Samuel, Jimena se acercó de inmediato con una gran sonrisa.
—¡Vaya, señor Ríos! Qué honor que se haya dado el tiempo de venir… Mi papá me pidió que le diera saludos de su parte.
Al llamarlo “señor Ríos” frente a todos, Jimena dejaba bien claro que la relación entre sus familias era especial. De paso, les insinuaba a los presentes que ella podía actuar con toda confianza delante de Samuel.
¿Quién era Samuel?
En Solsepia, muchos temían hasta escuchar su nombre.
Pero Jimena se comportaba ante él como si fuera su propia sobrina, con una seguridad que rayaba en el descaro.
Satisfecha de presumir su cercanía, Jimena por fin se fijó en la expresión de Rocío.
—¡Uy, señor Ríos, hoy sí se trajo a la novia! Ay, qué guapa es, de verdad. Vengan, siéntense aquí con nosotros.
Jimena los recibió con una calidez exagerada.
Nadie hubiera adivinado que detrás de su actitud había malas intenciones.
Sin embargo, entre el grupo, el encargado de asuntos legales y Manuel se quedaron pasmados.
El abogado miraba a Rocío y le murmuró a Manuel:
—Manuel, ¿ella es la que decías? Pues no está nada mal, es bastante atractiva…
Manuel masculló para sí mismo:
—¡Vaya! Así que terminó liándose con Samuel. Y yo todavía le tenía lástima.
—¿Qué dices, Manuel? —preguntó el abogado, sin haberlo escuchado bien.
Manuel le respondió en voz baja:
—Busca la manera de sacarla aparte. Tú arreglas lo tuyo, yo lo mío, y nos vamos, ¿va?
—De acuerdo —asintió el abogado.
Habiendo llegado a un pacto, dejaron de hablar y volvieron a observar cómo Jimena trataba a Rocío como si estuviera jugando con un perrito.
Primero, Jimena se encargó de poner a Rocío por las nubes.
Les dijo a todos que Rocío era la pareja de Samuel.
Luego, cambió súbitamente el tono:
Y encima, la otra se sentía ingeniosa, como si tuviera un montón de ideas brillantes.
Rocío pensaba que era ingenua, pero Jimena resultaba aún peor.
¿De veras creía que con un par de bromas y chismes podía hacerla quedar en ridículo en ese club? ¿Que Samuel iba a darle la espalda por eso?
Le daba risa.
Era infantil.
Casi patético.
Pero que fuera infantil y patética no significaba que fuera buena persona.
Todo lo contrario.
Rocío estaba segura de no haberle hecho nada a Jimena, y sin embargo, la otra llevaba ya varias veces buscándole pleito, como si no fuera a descansar hasta verla derrotada.
¡Qué fastidio!
Ya que era así, Rocío no pensaba seguir aguantando.
—Señorita Molina, ¿cuántos años tienes? —le preguntó Rocío, mirándola directo.

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