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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 140

—Yo no pedí venir a este mundo, ni quise ser cambiada de familia por error, pero aun así, a los dieciséis años, perdí a los padres que me amaban.

—Fui a buscar a mis padres biológicos, pero ellos ni siquiera me reconocieron.

—No tuve la suerte de Mireya, que fue consentida por sus verdaderos padres. A mí, desde los dieciséis, no me quedó más remedio que vivir como un perro callejero.

—Pero eso no es suficiente. Como ocupé por error los mejores años de Mireya, aunque pase toda mi vida vagando, nunca podré compensar lo que le debo. Así que la gente a su alrededor, todos, me ven como una deudora, como si tuviera que pagarle hasta el último centavo.

—Eso incluye a mi esposo. Bueno, era mi esposo. A partir de hoy, será el esposo de ella.

—Si no me equivoco, en un rato Mireya irá con Lázaro al registro civil. Apenas firme el divorcio conmigo, se casarán ellos dos.

Samuel se quedó callado.

Quería abrazarla, envolverla en calor, hacerle sentir que no estaba sola.

Pero por alguna razón, no se atrevía a acercarse demasiado.

Solo pudo consolarla con una voz baja, como lo haría un amigo de toda la vida:

—Rocío, vas a salir adelante, estoy seguro. Confía en mí, confía en ti.

Rocío le regaló una sonrisa suave, ligera como si soltara un suspiro, y no dijo nada más.

Justo en ese momento, el carro llegó a la entrada del registro civil.

El destino, caprichoso, los reunió ahí.

Lázaro también acababa de llegar.

Se notaba que tenía prisa por cerrar el capítulo con Rocío; por eso había llegado tan temprano.

Tal como Rocío había predicho, Mireya estaba allí junto a él.

No cabía duda: planeaban divorciarse y casarse el mismo día, como si cambiar de esposa fuera tan sencillo como cambiarse de camisa.

Samuel no bajó del carro después de dejar a Rocío en la entrada.

Pero tanto Lázaro como Mireya vieron el lujoso carro de Samuel.

Quizá Mireya ya se sentía señora Valdez desde esa tarde, porque se expresaba con toda la seguridad y arrogancia de alguien que ya se creía dueña de todo.

—¡Lázaro! —gritó Rocío, alzando la voz, llena de rabia—. Mira, aunque sigamos casados solo hasta hoy, la mitad de lo que tienes me pertenece por ley. Así que, aunque hubiera gastado hasta el último peso de tu fortuna, sería totalmente legal. ¿Y me sales con que me van a castigar por la ley?

Lázaro no supo qué responder.

—Además —continuó Rocío, clavándole la mirada—, en los seis años que viví con la familia Valdez, ¿alguna vez me diste dinero para gastos? ¿O el señor Félix, el mayordomo, alguna vez se acordó de darme mi mesada? ¿Alguna vez recibí un solo peso de ustedes?

La ironía en su voz era tan punzante que hasta Lázaro apartó la mirada.

—¿De qué hablas? ¿Félix nunca te dio tu mesada? —preguntó Lázaro, genuinamente sorprendido.

Antes de que Rocío pudiera contestar, el celular de Lázaro comenzó a sonar.

Respondió de inmediato:

—¿Qué pasa?

—Señor Valdez, tiene que regresar ya mismo. La gente del juzgado está en la empresa, lo buscan urgentemente —dijo Manuel, al otro lado de la línea, con voz tensa.

—¿La gente del juzgado...? ¿Me buscan a mí? —Lázaro se quedó paralizado, sin entender nada.

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