Rocío mantuvo el rostro sereno mientras miraba a Mireya.
—Señorita Zúñiga, dígame, ¿para usted qué soy yo en la vida de Samuel?
Mireya soltó un bufido cargado de desprecio.
Ni siquiera le dirigió la mirada a Rocío.
En cambio, clavó los ojos en el terreno frente a ellas y, con una voz cargada de desdén, soltó:
—No es solo para mí. Es para todo el pueblo de Solsepia. Para todos aquí, no eres más que el pasatiempo de Samuel Ríos, y no puedes culpar a nadie por eso. ¿No fuiste tú quien se ofreció en público a ser su amante? ¿Ahora te importa lo que digan los demás?
—Entonces, señorita Zúñiga, según usted, con mi posición y el lugar que ocupo en la vida de Samuel, ¿de verdad cree que tengo la capacidad de manipularlo una y otra vez para que siga compitiendo con ustedes por estos terrenos? —preguntó Rocío, sin perder la calma.
Mireya se atragantó con la respuesta.
Por primera vez, se quedó sin palabras frente a Rocío.
Le lanzó una mirada cargada de fastidio.
—¡Eso solo demuestra que eres experta en enredar a los hombres! —soltó al fin, con evidente enojo.
—¿Eso fue un cumplido, señorita Zúñiga? —replicó Rocío, recostándose con delicadeza sobre el hombro de Samuel, lanzándole una sonrisa dulce a Mireya.
Por dentro, Rocío sentía una tristeza profunda.
Ese proyecto era el fruto de su esfuerzo. Y ahora, para poder sacarlo adelante y proteger a su abuelita Elvia y a Sergio, tenía que recurrir a intercambiar su propio cuerpo por un trato con Samuel.
Y la responsable de que todo terminara así, era Mireya.
Pero Mireya seguía ahí, lanzando comentarios insidiosos.
Todo porque Lázaro estaba siempre respaldándola.
Rocío, con una mirada serena pero decidida, posó los ojos en Lázaro.
El rostro de Lázaro se tornó sombrío. Giró hacia Mireya y le dijo:
—Ya basta. Hablas demasiado.
Mireya se quedó callada.
¿Hablar mucho? Después de tres años de conocerse, jamás creyó que Lázaro la considerara así.
¿Ahora le molestaba que hablara?
Antes de que pudiera responder, Lázaro ya se daba la vuelta para marcharse.
Justo en ese momento, su celular empezó a sonar. Al ver la pantalla, notó que era una llamada de Simón. Mireya contestó de inmediato:
—¿Bueno, Simón? ¿Qué pasa?
No pudo evitar que su voz sonara temblorosa, a punto de romperse.
Simón percibió de inmediato que algo andaba mal.
—¿Qué te pasa, Mire? ¿Otra vez Rocío está metiéndose en tu relación con Lázaro?
—¿Cómo lo supiste, Simón? —preguntó Mireya, sorprendida.
Simón no le contó que había visto a Lázaro y Rocío juntos en una cafetería cerca del juzgado.
—No le des importancia —contestó Simón, con voz suave, intentando reconfortarla—. Mire, si te sientes mal, sal a despejarte. Todos estamos contigo. No te cargues con tanto. ¿Por qué no llamas a Jimena? Vamos a comer algo, relajarnos un rato.
—Está bien, Simón —respondió Mireya, esbozando una leve sonrisa.
Después de concretar la hora y el lugar para verse con Simón, Mireya le envió un mensaje a Lázaro.
[Lázaro, no entiendo qué te pasa estos días. Si hice algo mal, dímelo y lo arreglo. Pero no quiero que descargues tu mal humor conmigo, y mucho menos que me trates con indiferencia. No lo acepto. Quiero que me pidas perdón.]

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Desquite de una Madre Luchona