Rocío giró bruscamente la cabeza y alcanzó a ver, no muy lejos, a Samuel bajando de su carro.
Él se acercó a paso rápido, con la determinación pintada en el rostro. Sin decir palabra, le arrebató a Rocío la pequeña navaja que llevaba en la mano y la guardó en el bolsillo de su abrigo. Luego, la abrazó con fuerza.
Solo entonces notó Samuel que el rostro de Rocío estaba empapado de lágrimas.
—Rocío, vámonos a casa. Yo te llevo —le susurró, con esa voz grave y cálida que siempre lograba calmarla.
En ese momento, Rocío sentía una mezcla de miedo, enojo y soledad que la asfixiaba. Pero al escuchar la voz de Samuel, una chispa de seguridad se encendió dentro de ella.
Solía decirse en todo Solsepia que Samuel era temido por todos, famoso por su carácter brutal y su costumbre de romper las reglas. Sin embargo, desde que Rocío empezó a tratar con él, Samuel jamás la presionó para nada. Al contrario, siempre la había protegido.
Apenas unos días antes, en la puerta del juzgado, Rocío le había planteado un trato para enfrentar a Lázaro. Pero, durante todo ese tiempo, Samuel ni siquiera la había tocado.
Samuel le había dicho: —Mira, Rocío, yo no ando buscando mujeres. Si algo no quieres, yo no te obligo.
Ahora que lo pensaba, Samuel, a pesar de su fama en todo Solsepia, era mucho mejor persona que esa bola de hipócritas que la acosaban en ese momento.
—Samuel… —la voz de Rocío sonaba derrotada y temblorosa—. —Snif… yo nunca les hice nada, nunca los molesté, ni siquiera me metí con ellos, pero ellos… ellos sí me atacaron… snif, snif…
Al relajarse un poco, Rocío rompió en llanto como una niña.
—Ya sé, ya sé todo —le aseguró Samuel, mientras la abrazaba y la guiaba con suavidad hacia su carro—. Sube, siéntate y tranquilízate. Yo me encargo de lo demás.
Casi la empujó para que entrara a su camioneta. Cerró la puerta y activó los seguros. Solo entonces, sacó su celular y marcó:
—Que alguien venga y lleve el carro de Rocío a su edificio.
Después de organizar todo, sacó de su bolsillo un pañuelo gris y limpió con esmero la navaja que Rocío había usado para defenderse.
Solo entonces Samuel se giró hacia el grupo que rodeaba a Rocío minutos antes.
Eugenio seguía tirado en el suelo.
—Señor Ríos, sé que en Solsepia tienes más poder que la familia Delgado, pero después de lo que Rocío me hizo, no me voy a quedar de brazos cruzados. ¡Será mejor que me entregues a Rocío!
Samuel se limitó a sonreír, tranquilo.
Sacó su billetera, tomó una tarjeta negra y se la lanzó a los pies a Eugenio.
—Ahí tienes un millón de pesos. Ve a la mejor clínica y arréglate la cara. Pero te advierto: más te vale no volver a molestar a Rocío.
—Tú… —balbuceó Eugenio, cubriéndose la cara ensangrentada con una mano, y mirando a Samuel con odio—. ¿Así que la vas a seguir protegiendo solo porque es tu juguete de cama?
—¿Ella te ha hecho algo a ti? —Samuel no respondió la acusación y, en cambio, le devolvió la pregunta a Eugenio.
—¡Le hizo daño a Mireya!
—Te pregunté si a ti te ha hecho algo. ¡Contesta! —dijo Samuel, recogiendo su tarjeta del suelo y guardándola de nuevo en la cartera.

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