Todos giraron la mirada hacia Lázaro y Mireya al mismo tiempo.
Mireya, con una tranquilidad y franqueza indiscutibles, sostuvo la mirada de Rocío y le dedicó una sonrisa ligera.
Lázaro, fiel a su costumbre, la ignoró por completo con una actitud distante.
Antes de que el área legal terminara de redactar el acuerdo de divorcio, él no sentía necesidad alguna de hablar con Rocío.
Pero Rocío lo había perseguido hasta el salón del evento y, como si no fuera suficiente, lo esperaba ahí. Esa costumbre suya de insistir hasta el cansancio nunca la había dejado.
Si iba a hacer tanto escándalo, ¿por qué se fue de la casa y armó todo ese drama de no ayudar a Benjamín?
Si decidió hacer un berrinche, también debía estar lista para enfrentar las consecuencias.
Ya tenían un plan para el tratamiento de Benjamín.
No había razón para seguir manteniendo a Rocío cerca.
—Solo te daré un minuto.
Al decir esto, levantó la muñeca con impaciencia y revisó la hora.
Ese gesto hizo que Rocío recordara la plática casual que una colega le contó en la oficina; su compañera decía que su esposo nunca peleaba con ella, pero tampoco le dirigía la palabra, como si fuera invisible.
Ese tipo de indiferencia, esa manera de tratarla como si ni siquiera fuera persona, era una violencia silenciosa que dolía más que cualquier pelea.
Rocío no pudo evitar soltar una risa amarga para sí misma en aquel entonces.
¿Acaso su matrimonio no era igual?
Lázaro jamás la había ofendido ni le había levantado la voz, pero tampoco la había mirado de frente ni una sola vez.
Parecía que hasta pelear con ella le daba flojera, como si discutir la rebajara a su nivel, así que prefería ignorarla.
Era el rey del desprecio silencioso.
¿Un minuto? ¡Perfecto!
—Por favor, diles a los de la familia Valdez que dejen de llamarme.
Rocío habló con voz serena, sin mostrar alteraciones.
—La familia Valdez dejó de llamarte hace tres días —le respondió Lázaro, cortante, sin mostrar compasión.
El mensaje era claro: pensaba que Rocío estaba usando las llamadas como pretexto para buscarlo.
La voz de Rocío se mantuvo tranquila:
—Belén me marcó cuatro veces anoche.
Lázaro permaneció en silencio.
Su incomodidad fue evidente en su expresión.
Después de un breve instante, soltó:
—Le diré que ya no te llame.
Sin agregar nada más, se giró para irse.
—Oye, cazafortunas, te luciste en la fiesta. Ojalá pronto enganches a un millonario para que se te quite lo pobre, así ya no tendrás que estar tras el novio de Mireya.
Dicho esto, Jimena aceleró y se marchó.
Rocío permaneció de pie, sintiendo cómo el viento nocturno la envolvía. El frío la calaba hasta los huesos y, por un instante, estuvo a punto de romper en llanto.
Sin embargo, se obligó a no dejar escapar ni una sola lágrima.
...
Cuando por fin llegó a casa, ya era de madrugada.
Antes de ir al evento, había llamado a Elvia para pedirle que recogiera a Sergio de la escuela y lo cuidara en casa.
Pensó que ambos estarían dormidos, pero al abrir la puerta, vio a Elvia sentada en el sillón, esperándola.
—Elvia, ¿no te has dormido? —preguntó Rocío en voz baja.
—Tu abuela te estuvo llamando y, como no le contestaste, me marcó a mí. Quiere que lleves a tu esposo y a los niños a su casa para que prueben sus tamales de hojas de camote.
Rocío no supo qué decir.
—La anciana de verdad da lástima... —suspiró Elvia.
—El sábado llevaremos a Sergio y a ti con la abuela —Rocío respondió con preocupación.
No sabía cómo explicarle a su abuela que, después de seis años de sacrificar su dignidad, nunca logró cumplir su sueño: regresar triunfante al pueblo con su esposo y sus hijos, para que la abuela por fin pudiera presumir ante quienes alguna vez la despreciaron.

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