—Jajaja… ellas… las tres, es verdad. Si no regreso esta noche, seguro se van a preocupar muchísimo —Rocío miró a Samuel con una expresión de disculpa—. Entonces ya me voy, mañana, después de resolver lo del despacho, paso a verte.
—Está bien.
Rocío se despidió de Samuel y salió del hospital.
Al llegar a la entrada, abrió la aplicación para pedir un carro.
Justo terminó de poner la ubicación cuando un carro se detuvo a su lado. Simón asomó la cabeza por la ventana.
—Rocío, déjame llevarte a casa, ¿sí? Así te ahorras esperar. Mira la hora, son las cinco de la tarde, es hora pico y entre el tráfico y todo, seguro te tardas mucho en conseguir carro.
—De verdad no hace falta, señor Paredes —respondió Rocío, tajante.
Simón ni siquiera se movió.
—Mi carro es bastante cómodo, puedes descansar un rato. Los carros de aplicación no son tan cómodos, y tú necesitas descansar. Entiendo que no me consideres tu amigo, pero por lo menos permíteme llevarte hasta el fraccionamiento de al lado del tuyo, y ahí te bajas. ¿Así sí?
—No, gracias.
Simón se quedó callado.
—Está bien —cedió con humildad, y arrancó el carro.
Rocío volvió a revisar la aplicación.
Tal como Simón había dicho, aunque logró poner la ubicación, no había un solo carro disponible. Para colmo, ese día había habido un accidente en la autopista y el hospital estaba lleno, justo cuando era hora de salida del trabajo.
Esperó más de veinte minutos, subiendo el precio varias veces, pero nada. Ni un carro libre.
La desesperación empezaba a apoderarse de ella.
Ya le dolían los pies de tanto esperar parada.
En eso, otro carro se detuvo suavemente frente a ella. Un hombre asomó la cabeza por la ventana.
—¿Ves? Te lo dije, a esta hora está imposible conseguir carro.
Rocío lo miró incrédula.
—Señor Paredes, ¿cómo…? ¿No te habías ido ya?
Pasó un rato antes de que Simón hablara.
—No es solo por Mireya. Te admiro por cómo ayudaste a los demás. Incluso antes de saber que eras la esposa de Lázaro, cuando llevaste la pomada al sobrino del señor Herrera, mi opinión sobre ti ya había cambiado mucho.
—Gracias.
—¿Por qué… permites lo de Mireya? ¿Por qué dejas que tenga esa relación con tu esposo? —Simón por fin se atrevió a poner en voz alta la pregunta que le daba vueltas en la cabeza.
Sabía que, si entendía la raíz del asunto, quizá podría ayudarla. Y de paso, ayudar a Mireya.
—Primero, Lázaro no me quiere. Nunca ha hecho pública nuestra relación, y él y Mireya sí están enamorados. Además, Mireya toda la vida ha pensado que le robé dieciséis años de su vida —Rocío habló con un tono apagado, como si cada palabra le pesara.
—¿Le robaste… qué cosa?
—Yo crecí en la familia Zúñiga. Los papás de Mireya fueron mis papás también, hasta que cumplí dieciséis años. Cuando supieron que no era hija biológica, me echaron de la familia y no me dejaron seguir usando el apellido Zúñiga —Rocío lo dijo tan tranquila, que dolía escucharla.
Simón se quedó paralizado, tanto que ni siguió avanzando.
—¿Qué…? ¿Qué dijiste? —balbuceó, incapaz de asimilar lo que acababa de escuchar.

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