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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 206

A lo largo del camino, Rocío atrajo muchísimas miradas.

—Wow, esas flores que lleva en los brazos están preciosas.

—No solo las flores, ella también está guapísima. Es como si las flores y ella se complementaran, se hacen resaltar mutuamente.

—Esa chica tiene una belleza tranquila y muy inteligente.

—Parece un poco mayor que una jovencita, ¿no? Da el aire de una mujer segura, serena, como de esas que imponen con solo estar, pero al mismo tiempo muy calmada.

Y todo por cargar un ramo de flores.

Rocío jamás se imaginó que, desde que salió de la puerta del hospital hasta llegar allí, tantas personas la elogiarían.

¿Sería por las flores que llevaba?

¿O porque últimamente se sentía mejor, con más ánimo?

Cuando llegó frente al cuarto de Samuel, lo encontró tan sorprendido que se quedó sin palabras.

En Solsepia, las mujeres dispuestas a regalarle flores a Samuel podrían, de la mano, darle la vuelta entera al pueblo.

Pero Samuel nunca se había detenido a mirar fijamente a ninguna.

Ahora, esa mujer que estaba parada en la puerta de su habitación, abrazando un ramo de flores frescas, irradiaba una calma y una serenidad que Samuel jamás había visto. Su expresión era tan apacible que, sin embargo, resultaba imposible apartar la vista de ella.

Samuel se sintió halagado, casi sin saber cómo reaccionar.

—¿Estas flores son para mí?

—¡Obvio! —Rocío le soltó, divertida.

La alegría en su sonrisa superaba incluso la belleza de las flores.

Samuel se quedó un segundo más mirándola, embobado.

Su propio gesto, contagiado por la sonrisa cálida y luminosa de Rocío, se suavizó.

Ese hombre, conocido por su mirada severa y su presencia intimidante, de pronto ya no parecía tan temible.

Ahora, Samuel sonreía con una tranquilidad inusual.

Desde el pasillo, Raúl también se quedó pasmado.

Jamás había visto a Samuel Ríos así.

Samuel siguió mirando en silencio a Rocío. No dijo nada.

Se sumergió en sus propios recuerdos, en la vida de su familia.

—¿Ya te dijo el doctor cuándo te van a dejar salir? —preguntó Rocío.

—Yo ya me quería ir hoy mismo, pero el doctor insiste en que me quede unos días más bajo observación —refunfuñó Samuel.

—¡Hazle caso al doctor! —le ordenó Rocío, igual de firme.

—Yo le hago caso al doctor si tú me haces caso a mí: vete a descansar, y pon toda tu energía en supervisar la construcción —devolvió Samuel, con otra orden.

No quería que Rocío lo viera vulnerable, acostado en una cama de hospital.

Rocío asintió.

—Está bien. Hace varios días que no ceno con mi abuelita y con Sergio y Elvia. Hoy quiero estar con ellos.

Además, tenía asuntos personales pendientes.

Faltaba menos de una semana para la audiencia de divorcio con Lázaro. Tenía que contactar a su abogado, Romeo, para preparar bien la estrategia para el juicio.

Al salir del hospital, Rocío se despidió de Raúl y regresó sola a casa.

Apenas entró, vio a Elvia Cortés, Sergio Valdez y su abuelita sentados juntos en el sillón, tan tensos y asustados que casi no respiraban.

—¿Y ahora qué pasó? ¿Qué ocurrió aquí? —preguntó Rocío, alarmada al ver sus caras.

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