Mireya se quedó pasmada al escuchar aquello.
—¿Qué… qué dijiste? —balbuceó, incapaz de ocultar el desconcierto. Su cara pasó del rojo al blanco en cuestión de segundos, reflejando su incomodidad.
Sin embargo, solo tardó un instante en recuperarse. Como si nada hubiera pasado, volvió a mostrarse serena.
—Está bien, Lázaro —respondió, aparentando tranquilidad.
Las secretarias notaron enseguida que algo raro estaba pasando. Todas, incómodas, apartaron la mirada de Mireya, aunque no pudieron evitar mirar de reojo a Rocío, llenas de curiosidad.
Querían saber qué clase de mujer era capaz de hacer que el señor Valdez invitara a alguien así, justo delante de Mireya Zúñiga.
Ese día, Rocío lucía sencilla pero llamativa: una chaqueta blanca ligera, unos jeans tipo pitillo ajustados y botas largas que realzaban sus piernas largas y bien proporcionadas. No solo eso, Rocío era un poco más alta que Mireya.
Sus facciones, además, resultaban más marcadas que las de Mireya.
En cuanto al porte, Mireya siempre se mostraba radiante y segura, con esa aura natural de superioridad y energía arrolladora. Pero la mujer a la que el señor Valdez había invitado tenía en la mirada una melancolía suave, y aunque parecía frágil, esa tristeza ocultaba una fortaleza impresionante.
Comparando ambas, la supuesta frialdad de Mireya se desvanecía ante la firmeza tranquila de Rocío.
Las secretarias, que ya tenían mucha experiencia en el trato con la gente, lo entendieron todo en un segundo.
[¿Será que el señor Valdez encontró a alguien todavía mejor que Mireya?]
Mientras cuchicheaban en su interior, el asistente personal del jefe, Manuel, apareció en escena. Al ver a Rocío, sus ojos se iluminaron y le dedicó una sonrisa respetuosa.
—¿Ya llegó usted? Pase, por favor —dijo, casi inclinándose al hacerle un gesto para que entrara.
El asombro se apoderó de las secretarias.
La incomodidad de Mireya se multiplicó. Sintió como si le hubieran restregado la cara contra el suelo, el ánimo hecho trizas.
Tanto Manuel como Lázaro la estaban ignorando por completo. Ambos solo tenían ojos para Rocío.
Rocío, parada en la puerta de la oficina de Lázaro, se mantuvo serena. Miró a Lázaro con un aire tan distante que parecía no conocerlo.
—Manuel, entras conmigo, ¿sí? Si no, me quedo aquí y hablamos afuera igual —dijo Rocío con un tono cortante.
Manuel se quedó mudo.
—Entra con nosotros —ordenó Lázaro.
La sonrisa forzada de Manuel parecía la de alguien a punto de llorar. Por dentro quería decir: “¿De verdad quieren que entre para ser el estorbo en medio de los dos?”, pero no se atrevió a protestar. Resignado, entró con ellos a la oficina de Lázaro.
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