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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 219

Mireya se quedó pasmada al escuchar aquello.

—¿Qué… qué dijiste? —balbuceó, incapaz de ocultar el desconcierto. Su cara pasó del rojo al blanco en cuestión de segundos, reflejando su incomodidad.

Sin embargo, solo tardó un instante en recuperarse. Como si nada hubiera pasado, volvió a mostrarse serena.

—Está bien, Lázaro —respondió, aparentando tranquilidad.

Las secretarias notaron enseguida que algo raro estaba pasando. Todas, incómodas, apartaron la mirada de Mireya, aunque no pudieron evitar mirar de reojo a Rocío, llenas de curiosidad.

Querían saber qué clase de mujer era capaz de hacer que el señor Valdez invitara a alguien así, justo delante de Mireya Zúñiga.

Ese día, Rocío lucía sencilla pero llamativa: una chaqueta blanca ligera, unos jeans tipo pitillo ajustados y botas largas que realzaban sus piernas largas y bien proporcionadas. No solo eso, Rocío era un poco más alta que Mireya.

Sus facciones, además, resultaban más marcadas que las de Mireya.

En cuanto al porte, Mireya siempre se mostraba radiante y segura, con esa aura natural de superioridad y energía arrolladora. Pero la mujer a la que el señor Valdez había invitado tenía en la mirada una melancolía suave, y aunque parecía frágil, esa tristeza ocultaba una fortaleza impresionante.

Comparando ambas, la supuesta frialdad de Mireya se desvanecía ante la firmeza tranquila de Rocío.

Las secretarias, que ya tenían mucha experiencia en el trato con la gente, lo entendieron todo en un segundo.

[¿Será que el señor Valdez encontró a alguien todavía mejor que Mireya?]

Mientras cuchicheaban en su interior, el asistente personal del jefe, Manuel, apareció en escena. Al ver a Rocío, sus ojos se iluminaron y le dedicó una sonrisa respetuosa.

—¿Ya llegó usted? Pase, por favor —dijo, casi inclinándose al hacerle un gesto para que entrara.

El asombro se apoderó de las secretarias.

La incomodidad de Mireya se multiplicó. Sintió como si le hubieran restregado la cara contra el suelo, el ánimo hecho trizas.

Tanto Manuel como Lázaro la estaban ignorando por completo. Ambos solo tenían ojos para Rocío.

Rocío, parada en la puerta de la oficina de Lázaro, se mantuvo serena. Miró a Lázaro con un aire tan distante que parecía no conocerlo.

—Manuel, entras conmigo, ¿sí? Si no, me quedo aquí y hablamos afuera igual —dijo Rocío con un tono cortante.

Manuel se quedó mudo.

—Entra con nosotros —ordenó Lázaro.

La sonrisa forzada de Manuel parecía la de alguien a punto de llorar. Por dentro quería decir: “¿De verdad quieren que entre para ser el estorbo en medio de los dos?”, pero no se atrevió a protestar. Resignado, entró con ellos a la oficina de Lázaro.

Levantó ambas manos y empezó a golpear el volante con fuerza, mientras mascullaba entre dientes, llena de furia:

—¡Rocío! ¡Maldita campesina! ¡Eres mi peor pesadilla! ¡Me quitaste dieciséis años de mi vida! ¡Por tu culpa, la verdadera hija de familia tuvo que vivir en la miseria toda la infancia! ¡Y ahora vienes a quitarme a mi esposo! ¡Rocío, ojalá te mueras!

—¡Te odio!

—¡Te odio!

—¡Te odio con toda mi alma!

La furia era tal que se lastimó las manos hasta hacerlas sangrar. El dolor la obligó a parar, y entonces sacó el celular y marcó el número de Simón.

Simón estaba en la clínica ese día. Al ver la llamada de Mireya después de solo un tono, no contestó.

Antes de saber la verdad sobre Rocío, Simón guardaba un cariño especial por Mireya. Incluso había pensado en nunca casarse y dedicarse solo a ese amor.

Pero después de enterarse de todo lo relacionado con Rocío, su corazón se llenó de dudas y contradicciones.

Hasta que pudiera aclarar sus sentimientos, no quería responder a las llamadas de Mireya.

Sin embargo, el celular no dejaba de sonar…

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