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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 218

Rocío se quedó muda al otro lado del teléfono.

Pasaron varios segundos antes de que, con la voz apagada, dijera:

—Por favor, dígale al señor Valdez que no quiero su dinero. No me interesa ni su patrimonio personal ni las acciones del Grupo Valdez. ¡No quiero nada de eso!

El abogado casi se le cae la quijada de la impresión.

—¿Por… por qué no lo quiere? Es una fortuna de varios miles de millones.

—No quiero tener nada que ver con Lázaro —respondió Rocío, tajante.

El abogado se quedó sin palabras.

Por un momento sintió una especie de admiración por Rocío.

Apenas entonces comprendió que la exesposa del señor Valdez no era una figura decorativa, sino una mujer de carne y hueso, con carácter y dignidad.

Ahora entendía por qué el señor Valdez aún la tenía presente.

—Señorita Amaya, ¿sería posible que viniera a la empresa? Yo solo soy un empleado y, si usted no viene, no sabría cómo explicárselo al señor Valdez —insistió el abogado, sabiendo que si no lograba convencer a Rocío, Lázaro seguramente se lo reprocharía.

Y también entendió por qué el propio Lázaro no la estaba llamando.

Si él la llamara directamente, Rocío jamás aceptaría ir.

Rocío suspiró.

—Buscaré un momento y paso por allá.

El abogado por fin respiró aliviado.

—Gracias, señorita Amaya…

Del otro lado, Rocío ya había colgado.

En ese momento, ella también se encontraba en el sitio de construcción del proyecto.

La obra avanzaba a toda velocidad.

En apenas un par de días, ya habían terminado de excavar los cimientos y empezaban a colocar el acero y vaciar el cemento.

Mireya coordinaba el trabajo en el sitio, luciendo profesional y segura.

Sin embargo, cuando vio que Rocío contestó una llamada del abogado y luego aceptó ir al Grupo Valdez, Mireya perdió la concentración.

La miraba con furia, como si pudiera incinerarla con la mirada.

Por dentro, el resentimiento la corroía.

—Gracias, señorita Zúñiga. Este café está delicioso.

—¿Qué celebramos hoy, señorita Zúñiga? ¿Será acaso el día de su compromiso con el señor Valdez?

—Se la ve tan contenta, señorita Zúñiga. ¿No será que usted y el señor Valdez se van de luna de miel?

—¡Para nada! —Mireya disfrutaba estar en el centro de la atención de los empleados del Grupo Valdez, como si ya fuera la señora Valdez.

Mirándolos con una sonrisa confiada, respondió:

—Hoy en la obra resolví otro problema técnico bien complicado. Así que vine a presumirle a Lázaro y a pedirle que me invite a cenar, que me regale ese bolso de edición limitada que tanto quiero y, en la noche, que me lleve al cine. ¿Ustedes qué dicen, creen que Lázaro me va a decir que sí?

—¡Por supuesto! El señor Valdez no le niega nada. ¡Usted es su novia favorita!

—Todo el mundo sabe que el señor Valdez lleva años enamorado de usted, solo está esperando el momento de casarse.

—Cuéntenos, señorita Zúñiga, ¿cuándo aceptará la propuesta de matrimonio de nuestro jefe?

Las risas y los comentarios seguían, cuando en ese momento apareció Rocío.

Apenas la vio, Mireya fingió sorpresa y la encaró:

—¿Y tú qué haces aquí? ¿Quién te dio permiso de venir?

—Yo la invité —intervino Lázaro, que justo salía de la oficina y miraba a Mireya con expresión impasible y tono cortante.

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