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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 232

A las dos de la tarde, Samuel necesitaba descansar, así que Rocío llevó a Elvia, Sergio y la abuela para despedirse de él.

La abuela y Sergio no querían irse.

La abuela estaba encantada con su nieto político.

Sergio, por su parte, disfrutaba cada momento que podía pasar con el señor Ríos, su papá.

Pero, por más difícil que fuera separarse, Rocío terminó convenciéndolos y los cuatro salieron del cuarto del hospital. Para levantarles el ánimo a la abuela y a Sergio, Rocío decidió llevarlos a un centro comercial enorme, de esos donde puedes comer, jugar y comprar todo en el mismo lugar.

Elvia y la abuela se desataron con las compras, y Rocío aprovechó para escogerle varios juguetes a Sergio.

Mientras Elvia y la abuela se probaban ropa en una tienda de moda, Rocío y Sergio se sentaron en una banca afuera del probador. En ese momento, Elvia salió y, con voz bajita y misteriosa, preguntó:

—Roci, ¿te has dado cuenta de que desde que salimos del hospital parece que alguien nos está siguiendo?

Rocío se sorprendió.

—¿De veras? Yo no he notado nada.

Elvia negó con la cabeza, visiblemente inquieta.

—Te juro que siento que alguien no nos quita la vista de encima.

De inmediato, Rocío se puso alerta. Sin embargo, evitó mirar a su alrededor de forma evidente; no quería que, si había alguien siguiéndolas, se dieran cuenta de que ella lo había notado.

—Estamos en un centro comercial, hay muchísima gente y un montón de seguridad. No tengas miedo ni te pongas nerviosa. Y no le digas nada a la abuela, porque si se pone nerviosa va a llamar la atención. Tú y la abuela solo sigan probándose ropa como si nada— le susurró Rocío a Elvia.

Elvia, sin poder ocultar su nerviosismo, le contestó:

—Mejor vámonos a la casa. Esto no me gusta nada.

—Tranquila. Hazme caso y relájate— ordenó Rocío con firmeza.

Aunque era varios años menor que Elvia, Rocío siempre había sabido mantener la calma en situaciones difíciles.

Ahora, más que nunca, no podían dejarse llevar por el pánico.

Aprovechando el bullicio y el gentío del centro comercial, Rocío se propuso observar a su alrededor con discreción, para ver si realmente había alguien siguiéndolas.

Si lograba identificar al sospechoso, genial. Y si no, cuando salieran, pensaba manejar con atención y revisar todo el tiempo por el retrovisor para asegurarse de que nadie las estuviera siguiendo. En caso de que así fuera, ya tenía en mente mil maneras de despistar a quien fuera que estuviera detrás de ellas.

Pero, ¿quién podría estar siguiéndolas?

Rocío las miró divertida, pero no pudo evitar bromear:

—Abuela, ¿estás segura de que toda esa ropa, zapatos y maquillaje son para ti? Pantalones de mezclilla, tacones altísimos y labial rojo intenso…

—¡Claro que sí!— respondió la abuela, con total seguridad.

—A mí también me parece que le quedan muy bien. Abuela, cuando te arreglas así ni pareces de setenta, más bien te ves como de poco más de sesenta. Te ves súper joven. Deberíamos buscarte un compañero más joven, ¿qué opinas?

—No, no quiero. Yo solo los quiero a ustedes tres... bueno, a ustedes cuatro— dijo la abuela, convencida, sin notar que Elvia solo estaba bromeando.

Elvia soltó una carcajada tan fuerte que casi se cae de la risa.

En medio de las risas, de pronto miró por encima del hombro de Rocío y señaló con los ojos abiertos de par en par.

—¡Es él, es él! ¡Te dije que alguien nos seguía! Ese tipo lleva rato mirándome. Roci, ¿viste? Seguro quiere ligarme, igual y es un admirador secreto.

Rocío volteó en la dirección que señalaba Elvia, sorprendida.

—¡Tú...! ¿Nos llevas siguiendo desde hace rato?

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