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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 249

Cuando un grupo de personas irrumpió en la sala, Rocío pensó que se trataba de la policía. Pero el hombre que iba al frente se acercó y le dijo que era uno de los hombres de confianza de Samuel.

En ese instante, Rocío no pudo disimular la sorpresa.

Después de todo, Samuel seguía hospitalizado, tenía el brazo enyesado. ¿Cómo se había enterado de lo que estaba ocurriendo? ¿Y cómo había logrado enviar a alguien para ayudarla tan rápido?

Negar que se sintió conmovida sería mentir.

Cualquier mujer, en algún momento, necesita a alguien fuerte que la cuide, la proteja y la haga sentir segura.

Rocío no era la excepción.

Mireya tenía a Lázaro.

Y ella, Rocío, también quería el respaldo de Samuel.

De pronto, sintió una calidez dulce en el pecho, pero Rocío era una mujer más de razón que de emoción. Había estado casada, tenía hijos, y no eran solo uno, sino dos. Además, estaba Elvia, siempre tan entusiasta y soñadora, y su abuelita, a quien la vida le había puesto pruebas difíciles.

Así, con semejante combo a cuestas, Rocío pensaba que estar con Samuel era imposible.

Después de una relación que le había dejado heridas profundas, tampoco le quedaban ganas de volver a casarse.

Deseaba, más bien, pasar el resto de su vida junto a su abuelita, Elvia y Sergio, viviendo tranquilos, sin sobresaltos.

Así que esa sensación de dulzura que acababa de surgir, ella misma la apagó antes de dejarla crecer.

Si salía viva de esto, su prioridad seguiría siendo trabajar y ganar dinero.

...

Los hombres de Samuel redujeron uno a uno a los agresores. El que iba al mando sacó su celular y se comunicó con Samuel.

Rocío no imaginaba que Samuel estaba justo afuera de su casa, y que al parecer la abuelita, Elvia y Sergio estaban con él.

¿Sergio acababa de llamar a Samuel “papá”?

Bueno, pensándolo bien, Sergio siempre había anhelado el cariño de un padre.

Que Samuel fuera su padrino tampoco era mala idea.

Mientras esperaban a que Samuel llegara, Rocío pidió a los hombres de Samuel que llamaran una ambulancia para que atendieran a Álvaro. Sin importar que Álvaro tuviera que pagar por sus delitos, pensaba que no merecía morir así.

Ambos sintieron un escalofrío recorrerles la espalda, como si de pronto supieran que estaban en la mira de alguien. Quisieron salir corriendo, pero las piernas no les respondieron.

...

—¡Mamá! —En ese momento, Sergio se lanzó hacia Rocío, se colgó de su cuello y rompió en llanto—: Mamá, de ahora en adelante yo te voy a cuidar, no voy a dejar que nadie te haga daño.

—Siempre supe que eras mi campeón. Confío en ti, Sergio. Sé que vas a protegerme muy bien.

Se abrazaron con fuerza, madre e hijo, y no pudieron evitar llorar juntos. Era como si acabaran de sobrevivir a una tormenta y, al fin, pudieran respirar tranquilos.

Quienes estaban cerca no pudieron evitar emocionarse ante esa escena.

Al poco rato, la abuelita se acercó a Rocío—: Roci...

Apenas pronunció su nombre, las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas, sin poder decir una palabra.

Rocío soltó a Sergio, alzó la mirada y vio a su abuelita. Las lágrimas le brotaban sin control, como si volviera a ser una niña perdida.

—Abuelita... abuelita... —el llanto de Rocío llenó la sala, entre sollozos y palabras apenas audibles.

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