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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 250

En los brazos de su abuela, Rocío lloraba sin reservas, sin preocuparse por la apariencia, desbordada por la pena.

No le importó nada más, se desahogó a gritos y sollozos.

La abuela la sostuvo con fuerza, apretándola contra su pecho.

—Ay, mi pobre nieta… Que no vuelva a pasarle algo así a mi niña, por favor. Yo ya viví suficiente, que Dios me quite a mí, pero que mi nieta esté bien, que no vuelva a sufrir —dijo la anciana, la voz entrecortada por la emoción.

—Abuela, no digas eso, no te lo permito. Tú tienes que estar viva, ¿qué haría yo sin ti? Si tú no estás, yo ya no tendría un lugar al que regresar, ni un abrazo donde refugiarme —respondió Rocío, mirándola con los ojos llenos de lágrimas.

La abuela sonrió mientras acariciaba su cabello.

—Está bien, está bien, no me voy a morir. Tengo que seguir aquí para ser el apoyo de mi nieta.

—Abue, no solo eres el apoyo de Rocío, también lo eres para mí y para Sergio —intervino Elvia, tomando de la mano a su hermano pequeño. Los cuatro se abrazaron, entre el llanto y la risa.

La escena era tan emotiva que, aunque había muchas personas cerca, nadie se atrevió a interrumpirlas. Solo las observaban, en silencio.

En especial Simón, que presenció cómo esa familia, armada a retazos, formada por la abuela, dos hermanas y el pequeño Sergio, aunque se veían tan frágiles, desprendían un calor y una fuerza entrañables.

¿Cómo era posible que un grupo tan vulnerable, con la abuela débil, una madre enferma y los niños, pudiera siquiera pensar en hacerle daño a alguien? Y ni hablar de eso: ellas nunca habían querido herir a nadie.

Lo único que deseaban era sobrevivir, resistir en medio de la adversidad.

Pero los poderosos… Hoy uno acusaba a Rocío de ser la amante, mañana otra la señalaba de vulgar y oportunista, y ahora, hasta un inversionista extranjero con una fortuna de cientos de millones de pesos se atrevía a secuestrarla.

Pensar en eso le provocaba vergüenza ajena.

—Rocío, tu abuela, tu hermana y Sergio no han dormido nada en toda la noche. ¿Por qué no los llevas a descansar? —sugirió Simón, con suavidad.

Fue entonces que Rocío notó que, además de Samuel, su abuela, Elvia y su hijo, también estaban ahí Lázaro, Simón y Hernán.

Algo desconcertada, los miró a los tres.

—Ustedes tres… ¿qué hacen aquí?

Hernán se apresuró a explicar:

—Perdón, Rocío. Lázaro me pidió que te devolviera la estatua del ángel de tu abuela, así que estuve siguiéndote. Anoche vi que una camioneta rara los seguía, pero cuando ustedes dieron la vuelta, yo seguí derecho. Para cuando giré en la siguiente esquina, ya no los encontré.

—Me preocupé mucho, así que avisé al señor Paredes y a la señorita Cortés —añadió, con sinceridad.

Capítulo 250 1

Capítulo 250 2

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