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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 254

Pero Álvaro ya tenía más de sesenta años, era extranjero y, además, un socio importante del Grupo Valdez.

Si lo acusaban y lo metían a la cárcel, el proyecto se vería gravemente afectado.

Atrapado entre Rocío y Álvaro, Lázaro, sinceramente, no sabía qué hacer.

Quería primero preguntarle a Álvaro su opinión, saber qué pensaba.

Pero entonces, en el pasillo, se encontró con Rocío.

No se esperaba que ella, en lugar de ir directo a la estación de policía para denunciar a Álvaro, hubiera venido primero al hospital a verlo.

Y, para colmo, Rocío había adivinado que en el fondo él no quería que lo denunciara.

Era realmente inteligente.

Su inteligencia superaba con creces a la de Mireya.

—No voy a interferir. Denunciar o no a Álvaro es tu decisión. ¿Te parece bien? —En ese momento, frente a Rocío, era lo único que Lázaro podía decir.

—¡Claro que es mi decisión! Ahora, ¿podrías soltarme el brazo? —dijo Rocío, mirándolo con frialdad.

Solo entonces Lázaro se dio cuenta de que la había estado sujetando.

La soltó al instante y, cortésmente, le hizo un gesto para que pasara.

Toda la escena fue presenciada por Álvaro desde la ventana de su habitación.

Mireya tenía razón.

Rocío sabía jugar a hacerse la difícil. No era ella la que buscaba a Lázaro, pero Lázaro sí que estaba muy pendiente de ella.

Esa mujer definitivamente tenía sus trucos.

Con razón Mireya lloraba tan desconsolada.

Álvaro se sentó en la cama con el corazón apesadumbrado.

Dos minutos después, Rocío llegó a la puerta de su habitación y tocó.

—Adelante —dijo Álvaro.

Rocío entró.

Después de todo, Álvaro estaba empeñado en que Mireya y Lázaro estuvieran juntos. Si se enteraba de que ella era la esposa de Lázaro, ¿habría tenido la misma compasión?

Pero ahora estaba a salvo.

Álvaro estaba en el hospital. Ella había venido precisamente para aclarar su relación con Lázaro y que así Álvaro aceptara su culpa y enfrentara la ley.

Sin embargo, nunca imaginó que él le diría algo así.

¡Pues bien!

Mejor que viera la transmisión en vivo cuando llegara el juicio.

—Ya que su salud no corre peligro, señor Gómez, espere a que la policía venga a interrogarlo. Hasta nunca —dijo Rocío, dándose la vuelta para irse.

Pero al salir, chocó contra el pecho de Lázaro.

Lázaro la sujetó y, girándose para mirar a Álvaro, dijo:

—¡Rocío, tenemos que decirle al señor Gómez cuál es nuestra relación!

***

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