Las palabras de Rocío dejaron a Lázaro sin respuesta por un momento.
Tras recuperar la compostura, insistió:
—¡No es lo mismo! Ellas no tienen un lazo de sangre, no es algo que se pueda forzar. A quien Carolina necesita de verdad es a ti.
—¿Que no se puede forzar? —replicó Rocío.
Y sin esperar a que él respondiera, continuó:
—Mi abuela, Elvia, Sergio y yo, ¿acaso tenemos un lazo de sangre? Y sin embargo, nuestra unión es más fuerte que la sangre, ¿no crees?
»Carolina y yo sí que somos familia de verdad, madre e hija, pero desde que tiene a su “nueva mamá”, se lleva de maravilla con ella y a mí me desprecia por completo. Así que, señor Valdez, el cariño no tiene nada que ver con la sangre.
Lázaro no pudo más.
—¿Es que no puedes ir a ver a Carolina, aunque sea una vez? —le reclamó, con un dejo de ira en la voz—. ¿Cómo puedes ser tan cruel?
—¿Cruel?
Rocío sonrió con tristeza.
—En plena noche, tú y Mireya la dejaron sola en el hospital. Y ella, tan comprensiva, me llamó a mí para que fuera a recogerla. Corrí hacia allá, muerta de preocupación, ¡y no encontré a nadie!
»No me quedó más remedio que ir a tu casa. ¡Me quedé afuera, esperando toda la noche!
»¿Y cuál fue el resultado?
»Verlos a ustedes tres, la familia feliz y perfecta. Ni siquiera me dieron la oportunidad de explicarme, solo me colgaron el letrero de que había vuelto para arruinarles la vida.
»¡Hasta querían que fuera la sirvienta de su familia feliz!
»¡Lázaro, ya basta de humillarme!
»Hoy por la mañana viste a mi familia: mi abuela, Elvia, mi hijo… un grupo de gente mayor, enferma y desvalida. ¿De verdad crees que estamos en posición de ser crueles con alguien?
»¡Dime! ¿Con quién podría ser cruel?
»Esa supuesta “crueldad” de la que hablas no es más que una etiqueta que tú me pones porque no tengo la fuerza para oponerme a ti. Es la ventaja del más fuerte, y yo no tengo cómo defenderme.


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