—¿Es que no puedes decidirte entre Rocío y Mireya? —preguntó Claudio también.
—¡Pues claro que no es para dudarlo! ¡Obviamente, Rocío! —dijo Hernán sin titubear.
—¡Bah! —Claudio miró a Hernán con desdén—. ¡Tú eres un masoquista! A la que te trata bien, la desprecias, y ahora que la otra ni te voltea a ver, de repente te parece maravillosa.
—¿Acaso tú no quieres que Lázaro y Rocío vuelvan a estar juntos? —le devolvió la pregunta Hernán.
Claudio se quedó en silencio.
Siendo sincero, era fácil opinar cuando no era tu problema.
Antes, todos pensaban que Lázaro y Mireya eran la pareja perfecta, y la presencia de Rocío en medio era una verdadera molestia.
Todos deseaban que Rocío desapareciera.
Pero ahora, después de todo lo vivido, se daban cuenta de que, aunque Mireya era buena, talentosa y un genio de la arquitectura, ¿de qué les servía a ellos?
En cambio, Rocío era más cálida, más familiar, más humana.
—Bueno… eso no lo decido yo. Es la elección de Lázaro y a nosotros no nos incumbe. Lázaro, elijas a Rocío o a Mireya, Hernán y yo te apoyaremos —dijo Claudio, brindando con él.
Lázaro, sin embargo, se desplomó sobre la mesa y, con voz de borracho, musitó:
—¿No sienten que… que Mireya es como un personaje? ¿Como una imagen perfecta creada para el público? No se siente real.
Hernán y Claudio se miraron y no dijeron nada.
Ambos se habían dado cuenta de lo mismo.
Pero ninguno se había atrevido a decirlo en voz alta.
—Yo lo que quiero es una compañera, la madre de mis hijos, alguien con quien pasar el resto de mi vida… con sus problemas cotidianos, sus discusiones… no una fachada de perfección y elegancia…
Mientras hablaba, se sirvió otra copa.
Esa fue la que lo remató.
Antes de caer completamente borracho, se quedó recostado en la mesa, con la voz entrecortada, y susurró:
—Rocío, ¿volverás algún día?
***
Rocío, por supuesto, no podía oírlo.
En ese momento, acababa de salir de la estación de policía.
Afuera la esperaban su abuela, Elvia, Sergio y Samuel.


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