Rocío tragó el sorbo de agua y miró a Samuel, avergonzada.
—Oye, Samuel, no le hagas caso a Elvia, ya sabes cómo es.
Luego se dirigió a Elvia.
—¡Elvia! Si vuelves a hacerme pasar una vergüenza así en público, ¡te juro que no te vuelvo a llevar a ningún lado! ¡Y olvídate de bolsas de diseñador y maquillaje nuevo!
Elvia, asustada, confesó de inmediato:
—Fue… fue Samuel quien me pidió que te preguntara qué pensabas. La abuela y yo creemos que el empleado ese y tú hacen una pareja perfecta. En casa nos hace falta un hombre…
—¡Pues si tanta falta te hace un hombre, búscatelo tú! —le espetó Rocío.
—Ya… ya lo intenté… con dos o tres —dijo Elvia en voz baja—. Pero ninguno es tan útil como Samuel.
Rocío no sabía qué decir.
Miró a Samuel con una vergüenza infinita.
—Samuel…
—Te esperaré —dijo él, sin rodeos.
Rocío no supo qué responder.
Samuel se dio cuenta de que la situación se estaba volviendo incómoda y propuso llevarlas a casa.
Rocío asintió.
Después de dejar a su abuela, a Elvia y a Sergio en el departamento, Rocío se quedó abajo para hablar con Samuel.
—Samuel, tú eres parte de la élite de Solsepia. Aunque tengas mala fama, todo eso son rumores. Yo creo que eres una buena persona.
—¡Si crees que soy bueno, entonces cásate conmigo! Te aseguro que no seré tan estúpido como Lázaro —dijo él directamente.
—Si las cosas hubieran sido diferentes… quiero decir, si nunca me hubiera enamorado de Lázaro, si no me hubiera casado con él y te hubiera conocido a ti, te habría dicho que sí sin dudarlo un segundo.
»Pero ahora cargo con tres personas, tengo una hija con Lázaro, y vengo de un matrimonio tan doloroso que ya no tengo valor para volver a enamorarme.
»Sin embargo… estoy dispuesta a ser tu amante. Cuando tú digas, empezamos, ¿te parece? —Al decir esto, Rocío bajó la cabeza, sonrojada.
Pero él le tomó los hombros y le dijo con seriedad:
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