Cuando recibió la llamada de Fabián, Rocío ya llevaba un buen rato viendo la noticia.
Se preguntaba quién tendría tanto poder como para convertirla en el tema más comentado de la noche a la mañana.
Su popularidad era casi la de una gran *influencer*.
—No te preocupes, Fabián. El que nada debe, nada teme —le dijo Rocío para tranquilizarlo. No quería que él se angustiara por ella.
Además, su caso de divorcio con Lázaro estaba a punto de llegar a los tribunales.
Cuando el juicio fuera público, todos sabrían la verdad.
Que la hicieran tendencia ahora solo servía para darle publicidad gratuita.
Incluso, Rocío tenía una idea bastante clara de quién estaba detrás de todo esto.
Seguramente eran Jimena Molina o Eugenio Delgado.
Su instinto le decía que Simón no sería capaz de hacerle algo así.
Y Hernán y Claudio eran amigos de Lázaro; sabían que estaba a punto de divorciarse, así que no harían una estupidez como esa.
Solo podían ser Jimena y Eugenio.
Esos dos la odiaban a muerte.
En ese momento, el celular de Rocío volvió a sonar. Sin pensarlo, contestó:
—Fabián, de verdad, no te preocupes por mí. Estoy bien, no te apures.
—¡Rocío! ¡De la noche a la mañana te has convertido en toda una celebridad! —La voz al otro lado del teléfono empezó a insultarla sin piedad.
Rocío tardó un momento en reconocerla. Era Matías.
—¿Eres tú? —preguntó, realmente sorprendida.
—¡Rocío! —se burló Matías—. ¡Hace mucho que no te soporto! Yo no soy del círculo de Solsepia, ¡no tengo por qué aguantar tus estupideces! ¡Hacerte viral hoy es mi regalo para ti! Si no quieres que te lancen huevos podridos en la calle, ¡lárgate de Solsepia con toda tu familia de nacos!
—¿Tengo algún problema contigo, Matías? —preguntó Rocío, incrédula de que fuera él.
Después de todo, Matías no era de Solsepia.
Y aunque solía ser sarcástico con ella, nunca la había odiado tanto como Eugenio y Jimena.


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