La abuela se quedó sin palabras.
Después de un largo rato, se frotó los ojos irritados y dijo con la voz entrecortada:
—¿Cómo pudo ese extranjero hacer algo así? Si mi nieta le salvó la vida y lo libró de ir a la cárcel. ¿Cómo se atreve a atacarla por la espalda? ¡Uuuuh…!
La anciana lloraba en silencio, pero su llanto era desgarrador.
Al instante, Rocío se arrepintió de habérselo contado.
La abrazó por la espalda para consolarla.
—Mi reina, ¿vas a seguir compadeciéndote de cualquiera? ¡Dime!
—Ya no me voy a compadecer de nadie.
—¡Te perdono! El fin de semana te compraré unos tacones nuevos. Y varios labiales para que los combines. Ya no llores, que te vas a poner fea —dijo Rocío, secándole las lágrimas con un pañuelo.
La anciana miró la olla.
—Hija, hoy se me quemó la sopa. Voy a bajar a comprar algo. Y de paso les traigo unos sándwiches a ustedes tres. A mí se me antojó un vaso de leche.
—Te conozco, te conozco. Lo que quieres es presumir tus tacones nuevos en el mercado —dijo Rocío, que conocía perfectamente a su abuela.
La abuela salió, pavoneándose con sus tacones.
Pero pasó más de media hora y no regresaba.
Rocío sintió que algo andaba mal. Sin siquiera cambiarse la pijama, bajó corriendo a los puestos de comida.
En los pocos puestos que quedaban, no había ni rastro de su abuela.
Rocío llevó a Sergio deprisa al kínder. Durante todo el camino, usó un cubrebocas y se cubrió bien para que nadie la reconociera. Por suerte, funcionó.
Al regresar del kínder, ella y Elvia se pusieron a buscar a la abuela por todas partes.
Mientras buscaban, Elvia preguntó de repente:
—¿No crees que la abuela se haya ido al hospital a buscarle pleito a Álvaro?


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