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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 268

Ella no se movió.

Se sentía extraña.

Él sonrió con naturalidad.

—¿Crees que voy a intentar algo? ¡Claro que no! Llevamos seis años viviendo juntos. Puedo ser muchas cosas, pero tengo autocontrol. Deberías conocerme, ¿no?

Sus palabras la hicieron sentir avergonzada.

Seis años, y apenas la había tocado. La había hecho vivir como una viuda.

¿Cómo podría intentar algo justo ahora?

—Lograste recordarme mis siete años de humillación —dijo ella con una sonrisa irónica, y lo siguió escaleras arriba.

Mientras ella buscaba su ropa, él, que tenía el cuello manchado de huevo, se metió a bañar.

Su celular estaba afuera.

Cuando sonó, le gritó:

—¡Rocío, Rocío, contéstame el teléfono!

Le gritaba como antes, cuando vivían juntos.

En aquel entonces, ella solía contestar las llamadas de Mireya, quien siempre le decía: «Dile a Lázaro que se apure, lo estoy esperando».

Ahora, no quería contestar por él.

Pero él insistió:

—Tengo mil cosas pendientes en la oficina. Podría ser algo importante. ¡Por favor, contesta! ¡Hazlo por mí, que dejé todo para ir a rescatarte! Si no quieres contestar, al menos tráeme el celular. ¡O salgo ahora mismo a contestar!

Rocío no supo qué hacer.

Sin pensarlo dos veces, tomó el celular y contestó.

¡Qué casualidad!

Era Mireya.

Rocío dijo secamente: «Lázaro se está bañando», y colgó.

¿Qué pensaría Mireya al escuchar eso?

Seguramente que todavía se aferraba a Lázaro y no quería dejarlo ir.

¿Qué clase de competencia femenina tan asquerosa era esa?

Le daban ganas de vomitar.

Dejó el teléfono, tomó la primera ropa que encontró y salió de la que había sido su habitación durante siete años.

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