Ella no se movió.
Se sentía extraña.
Él sonrió con naturalidad.
—¿Crees que voy a intentar algo? ¡Claro que no! Llevamos seis años viviendo juntos. Puedo ser muchas cosas, pero tengo autocontrol. Deberías conocerme, ¿no?
Sus palabras la hicieron sentir avergonzada.
Seis años, y apenas la había tocado. La había hecho vivir como una viuda.
¿Cómo podría intentar algo justo ahora?
—Lograste recordarme mis siete años de humillación —dijo ella con una sonrisa irónica, y lo siguió escaleras arriba.
Mientras ella buscaba su ropa, él, que tenía el cuello manchado de huevo, se metió a bañar.
Su celular estaba afuera.
Cuando sonó, le gritó:
—¡Rocío, Rocío, contéstame el teléfono!
Le gritaba como antes, cuando vivían juntos.
En aquel entonces, ella solía contestar las llamadas de Mireya, quien siempre le decía: «Dile a Lázaro que se apure, lo estoy esperando».
Ahora, no quería contestar por él.
Pero él insistió:
—Tengo mil cosas pendientes en la oficina. Podría ser algo importante. ¡Por favor, contesta! ¡Hazlo por mí, que dejé todo para ir a rescatarte! Si no quieres contestar, al menos tráeme el celular. ¡O salgo ahora mismo a contestar!
Rocío no supo qué hacer.
Sin pensarlo dos veces, tomó el celular y contestó.
¡Qué casualidad!
Era Mireya.
Rocío dijo secamente: «Lázaro se está bañando», y colgó.
¿Qué pensaría Mireya al escuchar eso?
Seguramente que todavía se aferraba a Lázaro y no quería dejarlo ir.
¿Qué clase de competencia femenina tan asquerosa era esa?
Le daban ganas de vomitar.
Dejó el teléfono, tomó la primera ropa que encontró y salió de la que había sido su habitación durante siete años.
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