Rocío, honestamente, no sabía qué decir.
Sergio, acurrucado en los brazos de Lázaro, también se sentía incómodo.
Aunque siempre había anhelado el cariño de un padre, que su papá lo abrazara, las constantes decepciones lo habían acostumbrado a la idea de que no lo quería.
Con el tiempo, esa falta de costumbre se transformó en extrañeza.
Y ahora, esa extrañeza se había convertido en distancia.
Porque en su corazón, ya tenía un papá que lo quería.
Samuel.
Aunque no pasaba mucho tiempo con él, Samuel siempre estaba dispuesto a jugar, le compraba todos los juguetes que a un niño le gustan. A pesar de tener la mano herida, se acostaba en la cama del hospital para que Sergio jugara al caballito sobre su espalda.
Samuel también le había prometido que lo llevaría a la pradera para aprender a montar a caballo y a tirar con arco.
A los niños les encantan esas cosas por naturaleza.
Sergio no podía estar más feliz.
Sentía que por fin era un niño querido por un padre, y eso lo llenaba de felicidad.
Ahora, solo pensaba en Samuel; era prácticamente su fan número uno.
En cuanto a Lázaro, su verdadero padre, se había vuelto tan extraño para él que incluso sentirse abrazado por él lo incomodaba.
Quería soltarse, pero no se atrevía por miedo a que su papá se enojara. En ese momento, Rocío tomó la mano de Sergio, y él aprovechó para refugiarse en los brazos de su madre.
—Lo siento, señor Valdez —dijo Rocío con voz distante—. No… no haga esto. Estamos a punto de divorciarnos. Por favor, déle a los niños un ambiente estable, no los confunda.
—¿Los estoy confundiendo? —preguntó Lázaro, con un tono de derrota.
—Usted… —Rocío no sabía si reír o llorar.
Él la acababa de salvar esa misma tarde, y no quería enfrentarse a él en ese momento.
Pero, con una sonrisa resignada, explicó:
—¿De verdad no los está confundiendo? Si no fuera así, ¿por qué Carolina estaría de esta manera?
Lázaro no supo qué responder.
Carolina seguía con el rostro bañado en lágrimas, pero Rocío parecía indiferente a su llanto.
Pero, ¿cómo podría culparla?
Ella había adorado a Carolina, y a pesar de saber que la niña no la quería, había corrido al hospital en plena noche y había ido a su casa solo para asegurarse de que estuviera bien.
Y lo único que Carolina le había dado a cambio era dolor.
Pero tampoco se podía culpar a una niña de cinco años.
Al final, la culpa era suya, como padre, por haberle metido en la cabeza que su mamá era mala y Mireya era buena. Había terminado por hacerle daño a su propia hija.
Y por herir profundamente el corazón de una madre.
Rocío tomó a Sergio de la mano y se dispuso a irse.
—¡De acuerdo! —dijo Lázaro de inmediato—. Les buscaré un hotel, uno discreto donde nadie los encuentre.
—Gracias —dijo Rocío, y salió con Sergio, llamando a su abuela y a Elvia—. ¡Abuela, Elvia, nos vamos a un hotel!
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