—¿No te diste cuenta, verdad? Después de dormir en la misma cama por más de seis años, casi siete… Lo oculté bastante bien, ¿no crees? —La sonrisa de Rocío era fría y serena.
Sin que se notara, proyectaba un aura de autoridad que resultaba opresiva.
Era una faceta que Lázaro, en los diez años que llevaba de conocerla, jamás había visto.
—¿Entonces todo este tiempo estuviste actuando? —Su expresión se endureció, volviéndose gélida.
—¿Crees que podría ser actriz? —le preguntó ella a su vez.
El hombre apretó los puños, su tono tan violento que parecía a punto de matar a alguien ahí mismo.
—¡Me engañaste por tanto tiempo! Usaste esa apariencia tuya, frágil, desinteresada, la que me amaba sin condiciones… ¡y la mantuviste hasta ahora!
El líder supremo del Grupo Valdez, humillado de una forma tan miserable por una mujer.
Y lo había hecho delante de todo Solsepia, dejándolo en ridículo.
La cantidad de bienes que perdería en el divorcio era lo de menos. No importaba si le daba todo su patrimonio personal actual; incluso si le añadiera otros diez mil millones de pesos, para la familia Valdez sería como quitarle un pelo a un gato.
Lo más importante era el orgullo.
Que él, Lázaro Valdez, hubiera sido engañado de esa manera por una mujer.
Estaba seguro de que, en cuanto saliera del juzgado, una infinidad de medios de comunicación, grandes y pequeños, se lanzarían a reportar el chisme de su divorcio.
Aunque todavía no había salido nada, ya podía imaginarse los titulares.
Seguramente dirían que el gran señor Valdez había sido tan manipulado por una mujer que no sabía ni dónde estaba parado.
¡Bien merecido se lo tenía por dejarse engañar!
—La boca es tuya, señor Valdez. Puedes decir de mí lo que quieras. Y si, como dices, todo fue una actuación… ¿qué obtuve a cambio de actuar como la mujer frágil y desinteresada que te amaba con toda su alma?
—¿Obtuve tu indiferencia interminable, tu maltrato psicológico? ¿El ver cómo tenías una aventura con otra sin el menor disimulo? ¿Cómo intentabas usar a esa mujer para quitarme a mi hija? ¿Obtuve que, sabiendo perfectamente que te amaba, tuvieras la arrogancia de pensar que cuando te pedí el divorcio no era para dejarte, sino para acosarte?
—Entonces, ¿puedo entender que, como conocías tan bien mi amor por ti, podías ignorarme, maltratarme y serme infiel sin ninguna consecuencia, para luego dar la vuelta a la tortilla y acusarme a mí?
—Total, yo te amaba, ¿no?
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Desquite de una Madre Luchona