Si hubiera que resumirlo en una palabra, sería: patético.
Patético, y sin darse cuenta.
Sin ser consciente de ello, Lázaro soltó:
—¿Cómo puedes cambiar así, con tanta facilidad? De la dulzura a la crueldad.
En realidad, no sabía qué sentido tenía preguntar eso.
Era una pregunta redundante e inútil.
Pero la hizo.
Ella ya se había alejado varios pasos. Sin siquiera voltear, le respondió con unas pocas palabras:
—Es la diferencia entre amar y no amar.
Es la diferencia entre amar y no amar.
Esa frase era tanto un resumen de su antiguo dolor como el punto final a ese mismo dolor.
Era realmente simple.
Que una persona sea tierna o cruel con otra no depende más que del amor.
Cuando amas, puedes ser todo ternura, incluso darle tu vida.
Cuando dejas de amar, aunque sea el mismo cuerpo, el solo mirarlo te produce una sensación de repugnancia.
—¿Vamos a cenar por última vez? Nosotros… nuestra familia de tres. Para cumplirle el deseo a Carolina, ¿qué dices? —insistió él, sin darse por vencido.
—No es necesario, señor Valdez. El día que te entregué la demanda de divorcio, te hice esa misma propuesta, pero me dejaste plantada. Para mí, ese fue el último día de nuestro matrimonio. En ese momento todavía éramos esposos; cenar juntos era razonable y legal.
—Ahora es diferente. Nuestra relación matrimonial ha terminado. Si ceno contigo y tu hija, provocaré el enojo de tu novia, y yo jamás me involucro, ni un poco, con hombres que ya tienen a alguien.
—No nos volveremos a ver, señor Valdez. Y si alguna vez nos cruzamos, seremos extraños.
Dicho esto, Rocío se marchó sin mirar atrás.
—Papá, ¿mi mamá ya no te va a volver a ver nunca? ¿O si te ve no te va a reconocer? —Carolina levantó la vista hacia Lázaro.
—Es lo mismo. —Lázaro sonrió con amargura—. Tu mamá… de verdad que no se tienta el corazón.
Rocío escuchó la frase.
Pero no se dio la vuelta.
—Vámonos. Recogemos a Sergio y nos llevamos a Samuel a celebrar con una cena increíble. Y aunque la abuela ya no necesite un yerno para sentirse orgullosa, a mí, a la abuela y a Sergio nos cae muy bien Samuel…
—Elvia, abuela, súbanse al carro. Necesito hablar con Samuel a solas —la interrumpió Rocío con un tono muy serio.
Aunque Elvia solía ser una fiera, a quien más escuchaba era a Rocío.
Nunca discutía lo que Rocío le pedía.
—Abue, vamos al carro. Roci quiere hablar en privado con Samuel —dijo de inmediato.
La abuela asintió.
—Claro, claro.
Una vez que las dos estuvieron en el carro, Rocío miró a Samuel con una expresión serena.
—Samuel, yo…
—Espera —la interrumpió él de repente.
—Sé lo que quieres decirme. Que todo este tiempo me has estado utilizando, que entre tú y yo no hay ninguna posibilidad. Que nunca te he interesado, ¿verdad? —preguntó Samuel.
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