—Gracias, señor Ríos. Si en algún momento cambia de opinión, búsqueme cuando quiera —dijo Rocío sin soberbia ni sumisión antes de bajar del carro.
Luego, se giró para mirar a Samuel.
—Espero que pueda…
—Cumplo mi palabra. Prometí ser el respaldo de tu abuela, de Elvia y de tu hijo. En Solsepia, nadie se atreverá a tocarlos.
—¡No! —dijo ella.
Samuel enarcó una ceja.
—¿Mmm?
—Mi proyecto de residencias le dará un mayor prestigio en esta ciudad, llevará al Grupo Ríos a otro nivel y le hará ganar una fortuna. Con esto…
—Es un trato justo, ¡no me debes nada! Si dejara pasar una mina de oro como esta, ¿no sería tan imbécil como Lázaro? ¡Claro que no dejaré que le pase nada a tu familia, por supuesto que no!
Las palabras de Samuel sonaban un poco exasperadas.
Rocío, sin embargo, dijo con calma:
—Gracias.
Samuel ni siquiera se despidió. Se alejó a toda velocidad.
Al salir del complejo, vio a su chofer, Pedro, esperándolo.
Pedro se puso al volante y preguntó:
—Señor Ríos, ¿regresamos?
Samuel solo dijo una palabra:
—Espera.
Pedro no entendió.
¿Esperar qué?
Quería preguntar, pero no se atrevió.
El carro estuvo detenido por lo que pareció una hora entera. Al no ver salir a nadie del edificio, Samuel le ordenó a Pedro:
—Entra.
Pedro, aunque confundido, obedeció.
Apenas entraron al complejo, Samuel vio a tres mujeres caminando hacia ellos.

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