—Gracias, señor Ríos. Si en algún momento cambia de opinión, búsqueme cuando quiera —dijo Rocío sin soberbia ni sumisión antes de bajar del carro.
Luego, se giró para mirar a Samuel.
—Espero que pueda…
—Cumplo mi palabra. Prometí ser el respaldo de tu abuela, de Elvia y de tu hijo. En Solsepia, nadie se atreverá a tocarlos.
—¡No! —dijo ella.
Samuel enarcó una ceja.
—¿Mmm?
—Mi proyecto de residencias le dará un mayor prestigio en esta ciudad, llevará al Grupo Ríos a otro nivel y le hará ganar una fortuna. Con esto…
—Es un trato justo, ¡no me debes nada! Si dejara pasar una mina de oro como esta, ¿no sería tan imbécil como Lázaro? ¡Claro que no dejaré que le pase nada a tu familia, por supuesto que no!
Las palabras de Samuel sonaban un poco exasperadas.
Rocío, sin embargo, dijo con calma:
—Gracias.
Samuel ni siquiera se despidió. Se alejó a toda velocidad.
Al salir del complejo, vio a su chofer, Pedro, esperándolo.
Pedro se puso al volante y preguntó:
—Señor Ríos, ¿regresamos?
Samuel solo dijo una palabra:
—Espera.
Pedro no entendió.
¿Esperar qué?
Quería preguntar, pero no se atrevió.
El carro estuvo detenido por lo que pareció una hora entera. Al no ver salir a nadie del edificio, Samuel le ordenó a Pedro:
—Entra.
Pedro, aunque confundido, obedeció.
Apenas entraron al complejo, Samuel vio a tres mujeres caminando hacia ellos.
Elvia no paraba de asentir.
—Roci, no podemos ser tan exigentes. Samuel ya es el mejor hombre de todo Solsepia, ¿a quién más quieres encontrar?
—No lo estoy rechazando por exigente. Pero una familia como la nuestra, ¿en qué posición estamos para elegir a nadie? Elvia, ¿nunca has pensado que desde los dieciséis años hasta ahora, he vivido oprimida, primero por mis padres adoptivos y luego por Lázaro? Nunca me trataron como a una persona. Cuando recién conocí a Samuel, las cosas horribles que me dijo… no se me olvidan tan fácil.
—Lo único que quiero en esta vida es que nadie vuelva a pisotear mi dignidad. Quiero vivir por mi cuenta, sin deberle nada a nadie, sin depender de nadie, y mantener a mis tres tesoros. Así que, de ahora en adelante, mi prioridad es ganar dinero. Los hombres son opcionales. ¡Mejor sin ellos!
Lo dijo con tal desenfado.
Y con tal dolor.
Hizo una pausa y, de repente, se reprochó a sí misma.
—Solo que no sé qué le voy a decir a Sergio cuando vuelva a preguntar por Samuel.
Rocío pareció preocupada.
Pero esa preocupación duró apenas un segundo. Delante de ella apareció un grupo de mujeres.
—¿No es la chica del divorcio en vivo? ¡Cielos, te vimos! Eres increíble. Tanta gente te malinterpretó. Por fin se te hizo justicia. Ahora soy tu fan.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Desquite de una Madre Luchona