—Señorita Amaya, siéntase segura viviendo en este edificio. Si alguien se atreve a molestarla a usted o a su familia, ¡la ayudaremos a defendernos de esa gente mala!
—Señorita Amaya, luego le traigo una de mis playeras para que me la firme, ¿sí?
Rocío no sabía qué decir.
De repente, su ánimo mejoró considerablemente.
—Claro que sí —les respondió.
Y, tomada de la mano de su abuela y de Elvia, siguió caminando.
—Roci, ¿a qué centro comercial nos llevas a Elvia y a mí hoy? —preguntó la abuela, radiante. Ahora lo que más le gustaba era ir de compras, sobre todo para arrasar con todo el maquillaje, bolsas y tacones que encontraba.
Pero Elvia parecía algo desanimada.
Con un tono apagado, dijo:
—Ahora que somos tan ricas, millonarias, ya no me interesan tanto las cosas materiales. Yo lo que quiero es…
Rocío la miró, confundida.
—¿Qué quieres? ¿Quieres comprar una casa en el extranjero? ¡Hecho!
Total, ahora que había dinero, podía permitírselo.
—No. Dices que alejaste a Samuel. Seguro que ya no me va a ayudar a conseguir a Hernán. Ahora no quiero ir de compras, ni comprar una casa en el extranjero. Solo quiero conseguir a Hernán…
—¡Tú! —Rocío levantó la mano como si fuera a jalarle la oreja a Elvia.
—¡Soñadora! Hernán es como ocho o nueve años menor que mi… que el hijo mayor de la familia Zúñiga. ¡Y seis años menor que tú! Aunque la familia Navarro no se compara con los Valdez o los Ríos en Solsepia, son los que les siguen. ¿Crees que con tu historial, si ni siquiera te aceptaron en la familia Zúñiga, ahora vas a entrar como si nada en una familia de verdadera alcurnia?
—¡Sí! —respondió Elvia sin dudar—. ¡Porque mi hermana es Rocío!
Rocío se quedó sin palabras.
—¿Qué tal si le hablas a Samuel, le haces la plática, para que me ayude a conseguir a Hernán?
—¿Y Simón no te sirve?
El chofer dentro del carro soltó una carcajada.
Apenas terminó de reír, escuchó a su jefe, sentado en el asiento trasero, haciendo una llamada.
—Hagan todo lo posible por presionar a la familia Navarro hasta que Hernán venga a rogarme —ordenó Samuel por teléfono.
La voz al otro lado sonaba incrédula.
—Señor Ríos, entiendo que presione a la familia Zúñiga, son los enemigos mortales de su futura esposa. Pero la familia Navarro no le ha hecho nada. Además, la relación de Hernán con Lázaro…
—¡Lo que quiero es a Hernán!
—Eh… Señor Ríos, usted… ¿no quería casarse con la… señorita Amaya, la que viene con tres más? ¿Cómo es que en tan pocos días… le cambiaron los gustos?
—¡La hermana de la mujer con la que me quiero casar quiere casarse con Hernán! —dijo Samuel, exasperado.
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