—Lo siento, no tengo tiempo. —Dicho esto, Rocío se dispuso a colgar.
Pero otra persona tomó el teléfono.
—Señorita Amaya, soy el médico de cabecera del señor Gómez. ¿Podría pedirle, en mi calidad de doctor, que venga un momento? El señor Gómez está bastante grave, acaba de salir de terapia intensiva después de una crisis, y de verdad desea verla.
—¿Y porque él quiera verme tengo que ir? ¡Como si fuera mi obligación! Que esté enfermo, que se muera o que viva, ¿a mí qué me importa? ¡Por qué me obligan a esto! ¡Con qué derecho! —El tono de Rocío era de pura indignación.
El recuerdo de cómo Álvaro la había secuestrado estaba grabado a fuego en su memoria.
Ella le había salvado la vida pensando que aún le quedaba algo de conciencia. Su abuela, compadeciéndose de él por ser un anciano solo y desamparado como ella, le había evitado la cárcel.
¿Y cuál fue el resultado?
Se volteó contra ellas y les hizo daño, a ella y a su abuela.
A una persona así, Rocío no quería volver a verla en su vida.
—Señorita Amaya, salvar una vida es una gran bendición. Si no es por él, hágalo por nosotros, los médicos, por favor —le suplicó el doctor con voz angustiada.
Rocío se quedó en silencio.
—Ve —la aconsejó Samuel, que conducía—. Quizás fue un malentendido. A lo mejor se arrepiente y quiere aclarar las cosas contigo.
Rocío soltó una risa fría.
—¿Qué malentendido puede haber entre él y yo? Le salvé la vida, mi abuela lo libró de la cárcel, ¿y él qué hizo? Dijo que mi abuela era una cualquiera, que se la pasaba seduciendo hombres para sobrevivir. Se alió con Cristian, Ineta y la abuela de Mireya para atacarla. ¡Mi abuela la pasó fatal! ¡Ese tipo de gente puede morirse cien veces y no me daría ninguna lástima!
—La vida está llena de malentendidos —comentó Samuel con un suspiro.
»Las primeras veces que te vi, fue porque andabas persiguiendo a Lázaro y a Mireya, y por eso me llevé una pésima impresión de ti. No quiero culparlos a ellos, pero tengo que admitir que gran parte de mi mala actitud hacia ti en ese entonces fue por su culpa.
Samuel suspiró de nuevo.
—Ellos me hicieron creer que eras de esas mujeres insistentes y descaradas. Y eso me llevó a decirte cosas por las que sé que no estás dispuesta a perdonarme.
Mientras hablaba, Samuel la miraba por el retrovisor.
Su mirada, aunque severa, transmitía sinceridad y arrepentimiento.
Eso hizo que Rocío se detuviera a pensar por un momento.
En el fondo, sabía que él solo la había tratado mal al principio, cuando no la conocía.
El hombre estaba conectado a un sinfín de tubos. Aunque había recuperado la conciencia por un momento, todavía no estaba fuera de peligro. Sin embargo, lo primero que hizo al despertar fue insistir en ver a Rocío.
Si no la veía, se negaría a seguir el tratamiento.
Sin más opción, el doctor tuvo que llamar a Rocío.
Pero Rocío no era familiar de Álvaro; Mireya sí lo era.
Así que, después de hablar con Rocío, el doctor llamó para notificar a Mireya.
Mireya estaba en ese mismo hospital, recibiendo suero.
Ayer al mediodía, a las puertas del hospital, le habían arrojado heces. Simón la llevó al hotel de enfrente, pero el gerente, asqueado por el olor, ordenó que la rociaran con una manguera de agua fría hasta que el hedor desapareciera por completo antes de dejarla entrar.
Eso le provocó un resfriado que, durante la madrugada, se convirtió en una fiebre de cuarenta y un grados.
Incapaz de soportarlo más, llamó al servicio del hotel, medio delirando, y la llevaron de vuelta al hospital para que le pusieran suero.
Esta mañana, la fiebre aún no había cedido del todo, y le estaban administrando otra bolsa de suero.
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