Adolfo se quedó sin palabras.
—Te sobreestimas demasiado —dijo Samuel con una sonrisa relajada—. Pues escúchame bien: en esta vida, solo me casaré con Rocío. Y no me importa si es divorciada, si tiene un hijo o si carga con lo que sea. Así se haya casado tres o cinco veces, ¡me casaré con ella de todos modos! A partir de ahora, si te vuelvo a escuchar opinando sobre con quién me caso o dejo de casarme, por cada vez, te arrancaré un diente. Y lo que digo, lo cumplo.
Adolfo apretó los puños con rabia.
No esperaba que Samuel fuera tan impermeable a sus argumentos.
Se decía que Samuel era excéntrico, dominante, irracional y que se movía entre la ley y la ilegalidad, y parecía que era cierto.
¡Pero la familia Zúñiga tampoco era fácil de intimidar!
—¡Ríos! ¿Crees que por usar la violencia y golpear a la gente eres más fuerte? ¡He sido bastante paciente contigo estos minutos! Aunque seas muy famoso en Solsepia, no te tengo miedo. Si me uno con mi cuñado y algunos amigos que tengo en Valenciora, no será difícil ponerte en tu lugar. ¿De verdad vas a arruinarte por esta mujer? —Adolfo dejó la cortesía y pasó a un tono amenazante.
Pero, para su sorpresa, Samuel estalló en una carcajada arrogante y desafiante.
—¡Jajajaja…!
»¡Adelante! ¡Estoy esperando que tú, Lázaro y esa bola de gente de Valenciora se unan! A ver quién acaba primero con quién, ¿ustedes conmigo o yo con ustedes?
»Hoy dejo las cosas claras aquí, Samuel Ríos: ya sea en Solsepia o en Valenciora, quien se atreva a tocarle un solo pelo a Rocío, haré que su cadáver aparezca en la calle. Y yo, Samuel Ríos, cumplo mi palabra. No ando con juegos.
Esta última frase la dijo con una calma y una ligereza que helaron la sangre de Adolfo y de todos los que se habían acercado: Simón, Mireya, Cristian, Ineta, Javier y Violeta.
Todos se quedaron paralizados.
Podían sentir que Samuel no estaba bromeando.
Hablaba en serio.
Después de hablar, Samuel se dirigió a Cristian, Ineta y Mireya.
—Ya que están todos aquí, permítanme informarles que he comenzado a cercar a la familia Zúñiga por todos los frentes. En pocos días, tanto los bancos como sus proyectos de construcción se verán afectados. Y no pararé hasta que su familia esté en la ruina y todos ustedes, viejos y jóvenes, terminen en la calle.
—¿P-por qué nos hace esto? —preguntó el señor Zúñiga, que rara vez hablaba.


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