Aunque Samuel había sufrido una pequeña fisura en un hueso por la paliza que le dio Lázaro, al agarrar a Adolfo, su fuerza seguía siendo implacable y firme.
Lo apretó hasta hacerlo gemir de dolor.
Justo cuando Adolfo sintió que Samuel estaba a punto de romperle la muñeca, lo soltó.
Sin embargo, Adolfo no se enfureció con Samuel. En lugar de eso, le sonrió cortésmente.
—Usted debe ser el señor Ríos, ¿verdad? Lo conozco. En Solsepia, su reputación está a la par de la de mi cuñado, Lázaro. Tanto en los negocios como en el linaje familiar, usted y mi cuñado ocupan el primer lugar en toda la ciudad. Hacía tiempo que deseaba conocerlo.
—Lo siento, pero yo no tengo ningún interés en conocerte —respondió Samuel, rodeando a Rocío con un brazo y mirando a Adolfo con una expresión gélida.
No le mostró la más mínima deferencia.
El rostro de Adolfo mostró un atisbo de incomodidad.
Pero fue solo un instante. Rápidamente recuperó la compostura y la cortesía.
—Entiendo que su falta de interés y su hostilidad hacia mí se deben a la mujer que tiene en sus brazos… ¿Rocío?
—¿Y desde cuándo tienes tú el derecho de llamarla por su nombre? —replicó Samuel con frialdad.
—Señor Ríos, quizás no lo sepa, pero Rocío fue criada por nuestra familia, los Zúñiga, durante dieciséis años. En ese tiempo, la vida que le dimos fue, para ella, como un paraíso. ¿Y cómo nos lo pagó? Casi mata de un disgusto a mis padres y le arrebató sin piedad todos los recursos a mi verdadera hermana. Mi cuñado… y mi hermana se aman de verdad, pero ella…
No pudo terminar la frase. La mano de Samuel se estrelló contra su mejilla con una fuerza brutal.
Adolfo se quedó paralizado por un momento, luego se tocó la cara ardiente, incrédulo.
—Tú… a plena luz del día, ¿cómo te atreves a golpear a alguien?
—A plena luz del día, ¿no estabas tú a punto de golpear a Rocío? La única diferencia es que tu intento fue fallido porque te detuve a medio camino —se burló Samuel.
Adolfo, todavía sobándose la mejilla, miró a Rocío, que permanecía impasible, con una mezcla de ira y contención.
—Señor Ríos, no puede ser tan irracional. Lo que Rocío ha hecho estos últimos días lo sabe usted y lo sabe toda la ciudad. ¡Se quedó con toda la fortuna de mi cuñado y encima le exige a mi hermana que le pague mil millones! ¿No se ha puesto a pensar que, por los dieciséis años que nos debe a la familia Zúñiga, no le alcanzaría ni con su propia vida para pagarnos?

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