Rocío había obtenido miles de millones, se había convertido en su acreedora y la había humillado frente a toda la ciudad.
¡Y ella envidiaba a Rocío, la envidiaba hasta el punto de la locura!
¡Una vagabunda!
¡Una puerca estúpida nacida en una montaña perdida!
¡Una chica que solo terminó la secundaria!
Una mujer que nunca había sido amada por un hombre, que solo servía para limpiarles los zapatos, para que desahogaran sus deseos. Ni siquiera podía considerarse una mujer, era una simple puerca. ¿Por qué Matías y Fabián, dos jóvenes de buena familia, la protegían?
En ese momento, la envidia que Mireya sentía por Rocío era tan intensa que sus ojos se inyectaron en sangre.
Ni siquiera escuchó lo que decían su futura suegra y su cuñada.
—¿Fabián, el hijo de la familia Salinas, la que se ha hecho un nombre en Solsepia en los últimos diez años con la decoración de interiores? —preguntó Fernanda.
—El mismo —respondió Fabián.
—¡Fabián! Cuando tu padre empezó en el negocio de la decoración, ¿no fue al departamento financiero de la familia Valdez a pedir prestado un millón? En aquel entonces, tu padre no tenía ni una garantía, estaba tan pobre que no tenía ni para comer. Si no fuera porque la familia Valdez se compadeció de él, ¿crees que ahora tendrías el estatus de señor Salinas? ¿Y ahora te pones en nuestra contra? —lo amenazó Fernanda, intentando manipularlo.
Fabián no se inmutó.
—Aunque mi padre pidió dinero prestado a la familia Valdez, después lo devolvió con intereses. Una cosa no tiene que ver con la otra. Rocío es mi amiga, y ya que estoy aquí, ¡no voy a permitir que la golpeen en público!
—¿Así que te has encaprichado de esta huérfana sucia y despreciable? ¡Te digo que es una zorra y una sanguijuela! —lo insultó Fernanda.
—Señora Valdez, por favor, no insulte. Rocío y yo no tenemos la relación complicada que usted sugiere. La considero una amiga de verdad, casi como una hermana. Y si a mi hermana la están molestando, ¡claro que voy a intervenir!
—Bonita «hermana». ¿Sabes lo sucia que es? Se casó con Lázaro usando malas artes y luego lo engañó a sus espaldas con un montón de hombres. ¡Hasta con viejos de sesenta o setenta años! Fabián, ¿estás seguro de que no te ha embrujado? —dijo Fernanda, insultando a Rocío sin ningún reparo.
Rocío solo sonrió con frialdad.
Antes de que pudiera hablar, Fabián intervino.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Desquite de una Madre Luchona