Entrar Via

El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 35

Rocío se quedó paralizada unos segundos.

Después de ese breve lapso, volvió a marcar el número de Lázaro por enésima vez. Necesitaba saber, tenía que estar segura: ¿Carolina estaría con él? ¿Estaría a salvo?

¡Tenía que saberlo!

Pero lo único que escuchó fue la grabación del servicio:

[El número que usted marcó no existe.]

Lázaro la había bloqueado.

La angustia por Carolina le quemaba el pecho, como si el corazón se le consumiera en llamas.

Sin poder comunicarse con Lázaro, a Rocío no le quedó más remedio que subirse al carro y dirigirse directamente a la casa de Lázaro.

Al llegar, encontró la casa sumida en la oscuridad.

¿Ya todos estarían dormidos?

¿O todavía no habían regresado?

¿O tal vez, algo le había pasado a Carolina y Lázaro estaba afuera, buscándola desesperado?

Mientras más lo pensaba, más crecía el miedo en su interior. Sus manos, aferradas al volante, temblaban sin control.

El remordimiento la ahogaba.

Cuando apenas se enteró de que estaba embarazada de Carolina, Rocío ya había notado que, por más esfuerzos que hiciera, el corazón de Lázaro seguía siendo inaccesible. Aun así, se aferró a la esperanza de que, al nacer la niña, tal vez él llegaría a quererla un poco.

Quiso atar el corazón de Lázaro usando a la hija de los dos.

Fue egoísta, buscó amor y un hogar a cualquier precio.

No debió haber traído a la niña al mundo.

Si a Carolina le llegaba a pasar algo, aunque el dolor la desgarrara, aunque su corazón fuera devorado por las bestias, jamás podría compensarlo.

Aquella noche de otoño parecía interminable para Rocío, como si hubiera envejecido un millón de años.

No pegó un ojo en toda la noche.

Solo se quedó ahí, mirando fijamente la casa.

Hasta que, finalmente, amaneció.

...

—¿Dónde está mi hija? Por favor, solo dime si está bien. Necesito saber si Carolina está a salvo.

La empleada se quedó sin palabras.

La noche anterior, varias habían visto por las cámaras de seguridad cómo la niña, arrastrándose sigilosa, se metía al carro de Lázaro y se iba con él al hospital. Hasta ahora, ni Lázaro, ni la señorita Zúñiga, ni la pequeña habían regresado.

—Señora, no se preocupe, el señor sigue en el hospital. Nosotras le avisamos anoche que la niña iba detrás de él. Si no han vuelto, eso significa que la pequeña está bien. Señora, ¿quiere que le traiga una chamarra? Hace frío aquí afuera —le ofreció la empleada, con respeto.

Rocío negó con la cabeza.

—No hace falta, gracias. Ve a hacer tus cosas, yo me quedo aquí. No me iré hasta ver a mi hija con mis propios ojos. Solo así podré quedarme tranquila.

La empleada suspiró.

—Bueno... —dijo, antes de retirarse en silencio.

...

Rocío siguió esperando, sumida en la angustia.

Dos horas después...

A las nueve de la mañana, el teléfono de Rocío sonó. Era Fabián.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Desquite de una Madre Luchona