Sin esperar a que Cristian respondiera, el hombre continuó:
—Señor Zúñiga, si me permite, usted no se tomó muy en serio al señor Ríos. Hace dos meses, él anunció que iba a empezar a presionar a la familia Zúñiga por todos los frentes. Y él no es de los que hablan por hablar. Hace más de un mes, afuera de la unidad de cuidados intensivos del señor Gómez, el señor Ríos también le dijo a su hijo Adolfo que ya había comenzado a aplastar a la familia Zúñiga. ¿Por qué no le hicieron caso?
Cristian replicó:
—¡Yo no tengo ningún negocio ni trato financiero con Samuel! ¿Cómo puede presionarme? ¿A punta de pistola? ¡Eso es ilegal!
—Usted no tendrá tratos de negocios ni financieros con el señor Ríos, pero sí los tiene con varios bancos extranjeros, ¿verdad? Pues qué casualidad que el señor Ríos tiene acciones en esos mismos bancos… La culpa también es suya por ser tan ambicioso. Creyó que el proyecto de las residencias era de su futuro yerno y se lanzó a licitar por más de diez obras… Quien mucho abarca, poco aprieta, señor Zúñiga.
Cristian se quedó sin palabras.
—Señor Zúñiga, si liquida las deudas con esos bancos extranjeros antes de que acabe el día, no tendrá que mudarse. Seguirá siendo el jefe de Construcción Zúñiga y sus obras podrán continuar. Si no puede saldar las deudas que Construcción Zúñiga tiene con los bancos para hoy, entonces lo siento mucho, ¡pero le pido que desaloje la propiedad ahora mismo!
—¿Y si no me mudo? —dijo Cristian, mirando al hombretón con los dientes apretados—. ¡Usted no tiene derecho a echarme!
—Yo no tengo el derecho, pero esta montaña entera la compró el señor Ríos, y esta misma noche va a empezar a desarrollarla…
El hombretón sonreía con mucha educación, pero a los ojos de Cristian, esa sonrisa era siniestra y aterradora.
De repente se dio cuenta de que, probablemente, ya no podían quedarse en esa casa.
Pero, ¿a dónde irían?
Sus padres ya tenían más de setenta años, no estaban para esos trotes.
—¡No podemos mudarnos, papá! En unos días me caso con Lázaro, ¡necesito una casa de la cual salir vestida de novia! —dijo Mireya, acercándose a Cristian y hablando en voz alta.
Luego, se giró para mirar al hombretón.


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