—Violeta, aunque le pidieras perdón a mi abuela arrodillada cien veces, mil veces, ¿podrías devolverle sus cincuenta años?
»Disculparse con ella es una deuda que tenían pendiente. ¿Qué tiene que ver eso con que Samuel les haya quitado la casa de la familia Zúñiga? ¡Le pregunto, tiene algo que ver? ¡Respóndame!
Al final, el tono de Rocío se endureció con una ira gélida.
Violeta, asustada, no dijo ni una palabra.
Rocío se volvió hacia Javier.
—Le pregunto, señor Zúñiga, ¿qué relación tiene el que usted se disculpe con mi abuela con el hecho de que Samuel les haya quitado su casa? ¡Por favor, señor Zúñiga, respóndame!
Javier tampoco habló.
Sabía que él y la vieja Violeta se habían portado de la peor manera.
Te aprovechaste de alguien durante cinco o seis años para que cuidara de tus padres y tu hermana y, cuando ya no te servía, le arruinaste la vida entera, cincuenta años de su vida. ¿Una disculpa era demasiado pedir?
En absoluto.
Y ahora, porque no te devolvía una casa, te enfurecías.
¿Dónde estaba la sinceridad en esa disculpa?
Era evidente que solo habías venido a suplicar por tu casa.
Rocío no era tonta.
No solo no era tonta, sino que era increíblemente inteligente. ¿Cómo iba a perdonarlos tan fácilmente?
—Rocío, aunque me disculpara cien veces no sería suficiente. Ni aunque pagara con mi vida podría compensar lo que le debo a tu abuela —dijo Javier, finalmente, con un atisbo de conciencia.
—¡Exacto!
Rocío sonrió con frialdad.
—Que Samuel haya llevado a la quiebra a la familia Zúñiga es, en efecto, para vengar a mi abuela. Pero, aunque los enviara al mismísimo infierno, usted y su amante todavía tendrían que disculparse con ella. ¿Creen que están en posición de negociar con mi abuela?
—No —dijo Javier.
—Rocío tiene razón. Tú tienes hijos y nietos que te cuidan, pero mi verdadera esposa no. No tiene hijos y ha sufrido toda la vida por mi culpa. Si me quedan veinte años de vida, la serviré durante veinte años. Si me quedan diez, la serviré durante diez. ¡Hasta el día de mi muerte! —dijo Javier con firmeza.
A la abuela no le conmovió el gesto.
Lo miró con una expresión de asco.
—Lárgate. No quiero a un miserable sucio como tú. Muérete mañana y que los perros te devoren.
—Lo que tú digas. —La mirada de Javier hacia la abuela tenía un toque de cariño.
—¡Lárgate! —dijo la abuela, asqueada.
—De acuerdo. —Javier abrió la puerta para salir.
—¡Espera! —lo detuvo la abuela de repente—. Hay un secreto sobre Rocío que nunca tuve la oportunidad de contarte.
***

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