Estaba absolutamente segura de que no era hija de los Zúñiga. Si las pruebas de paternidad entre ella, Ineta, Cristian y Leonardo podían tener un error, la de Mireya con Cristian no podía estar equivocada, ¿o sí?
Todas esas pruebas se habían hecho en su momento.
¡No podía haber error!
Si alguien volvía a decirle que era una Zúñiga, sentiría náuseas.
—Rocío, aunque me eches de aquí, dejes de considerarme tu hermana, no me des ni un peso más ni me ayudes con mi dote, ¡tengo que decirlo! Llevo mucho tiempo con esta duda guardada y hoy tengo que sacarla.
»¿No te parece extraño? ¿Por qué tus padres biológicos de las montañas nunca te reconocieron? ¿Por qué desde el principio quisieron tanto a Mireya? Incluso después de que Mireya volvió con la familia Zúñiga, le siguen mandando productos del campo, regalos y de todo, ¿pero a ti nunca han querido reconocerte?
Rocío se quedó en silencio.
No sentía ningún afecto por esa pareja de las montañas; siempre le habían parecido extraños. En su momento, fue a buscarlos porque era joven y anhelaba tener un padre y una madre. Pero ahora, había olvidado a esa pareja del campo casi por completo, como si nunca hubieran existido.
Por eso, nunca se había preguntado por qué sus padres de las montañas nunca habían querido reconocerla.
—Rocío, la abuela y yo vimos con nuestros propios ojos cómo, durante esos dos años, deseabas volver con la familia Zúñiga. Para lograrlo, te pasabas días y noches esperando fuera de su puerta. Esa mirada de anhelo que tenías, la abuela y yo nunca la olvidaremos. Si de verdad tienes la oportunidad de volver con tus padres, ambas queremos que lo hagas. Aunque dejes de darnos dinero, si puedes volver con ellos, valdrá la pena.
Elvia lo dijo con mucha seriedad.
La abuela, llorando, asentía con la cabeza.
De repente, Rocío entendió. La abuela y Elvia todavía creían que ella anhelaba volver con los Zúñiga. Pero la verdad es que ya no sentía nada por ellos. No solo no sentía nada, sino que si Cristian e Ineta murieran atropellados frente a ella, aplastados hasta convertirse en un charco de sangre, no sentiría el más mínimo dolor.
Tomó una mano de Elvia y otra de la abuela, y dijo con los dientes apretados:
—¡Escúchenme bien las dos! No vuelvan a mencionar a la familia Zúñiga. Entre ellos y yo no hay ningún lazo familiar. Hace años, Cristian me entregó un documento que probaba que no éramos padre e hija. ¡Rompimos toda relación hace mucho! ¡Ahora son nuestros enemigos!
—Rocío, ¿de verdad no sientes ninguna lástima por los Zúñiga? —preguntó la abuela.
—¡Por supuesto que no!

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Desquite de una Madre Luchona