Ineta se quedó petrificada, como una estatua.
Tardó un momento en escuchar su propia voz.
—Doctor, ¿está seguro de que no hay un error? ¿Cómo es posible? En nuestra casa no hemos estado expuestos a nada tóxico como el formol o algo así. ¿Por qué a mi familia siempre le dan enfermedades de la sangre?
El médico frunció ligeramente el ceño.
—¿Hay alguien más en su familia con esta enfermedad?
Los labios de Ineta temblaron.
—Mi… mi segundo hijo… falleció por esta enfermedad hace años.
El médico se quedó en silencio.
Tras una pausa, dijo con un tono compasivo:
—La medicina todavía tiene muchos campos sin explorar. Hay muchas enfermedades cuyo origen no se puede explicar. Si ya hay dos hombres en la familia con esta enfermedad, ¿podrían haber estado expuestos a radiación al mismo tiempo?
Ineta negó con la cabeza.
—¡Absolutamente no!
El médico se encogió de hombros.
—Entonces… es un misterio. Pero no se preocupe demasiado, señora Zúñiga. Su esposo está en una etapa temprana. Si de ahora en adelante mantiene un buen estado de ánimo y una buena nutrición, es posible que se recupere.
—Qué bueno —dijo Ineta, sintiendo un ligero alivio.
Aun así, salió con el rostro ensombrecido.
Fuera de la habitación, Javier, Violeta, Mireya y Adolfo la esperaban, y todos la miraron.
—Nuera, ¿cómo está Cristian? ¿Ya está mejor de la hemorragia? ¿Qué vamos a hacer? Es una desgracia tras otra. Ya nos quedamos sin casa, viviendo de arrimados, y ahora mi hijo se enferma… ¡Buah! ¿Qué he hecho yo para merecer esto, Dios mío? —se lamentaba Violeta, llorando.
—¡Ya deja de lloriquear, todavía es muy pronto para llorarle a tu hijo! —le espetó Ineta a la anciana.
Cada vez soportaba menos a su suegra.
¡Todo este desastre, el ataque de Samuel, el haber sido echados de su casa, era culpa de esa vieja!
¡A su edad, y con tantas ínfulas!
¡Si te equivocas, te equivocas, y punto! ¿Por qué tanto complejo de superioridad?
¡Vieja dramática!
¡Vieja insoportable!
En ese momento, la única persona verdaderamente tranquila en la familia era Mireya.
Acarició la espalda de su madre para consolarla.
—Mamá, no podemos tener tan mala suerte, ¡seguro que no! Por ahora todo es incierto, esperemos a que mi hermano y yo nos hagamos los análisis. Y aunque de verdad tuviéramos una enfermedad en la sangre, no es una sentencia de muerte. El sobrino de Lázaro, Benjamín Valdez, estaba muy grave y los médicos encontraron una solución para él. ¡Esta enfermedad se puede curar!
Ineta miró a su hija con los ojos llenos de lágrimas.
—¿De verdad?
Mireya respondió, también con lágrimas en los ojos:
—Te lo prometo. Mi hermano, yo y mi papá vamos a estar bien. Y aunque surja un problema mayor, con los miles de millones que me dio el señor Gómez y la fortuna de Lázaro, ¡tenemos suficiente para buscar el mejor tratamiento en todo el mundo!
Ineta finalmente se tranquilizó.
—Tú y tu hermano, háganse los análisis lo antes posible.
—Sí.
Al día siguiente por la mañana, en ayunas, Mireya y Adolfo fueron al hospital a hacerse los análisis, acompañados por Ineta y Javier.
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