Antes de que Fernanda pudiera decir algo, el dueño ya se estaba disculpando con Rocío, avergonzado.
—Lo siento, señorita Amaya, esto es solo un restaurante, no podemos permitirnos problemas. Hay gente que me presiona y…
—No tiene nada que ver contigo, puedes volver a tu trabajo —dijo Rocío, haciéndole un gesto para que se detuviera.
Habiendo vivido en la pobreza, entendía perfectamente que cuando uno está a merced de otros, a veces no hay nada que hacer. Aunque el dueño del restaurante valiera millones, no podía enfrentarse a familias como los Valdez o los Zúñiga.
No lo culpaba.
El dueño se retiró, temblando.
Fue entonces cuando Rocío fijó su mirada en Fernanda, en toda la familia Zúñiga y en el grupo de desconocidos.
—Hablen. Nos trajeron aquí a los cuatro, ¿qué es lo que quieren? —preguntó Rocío, manteniendo la calma.
Fernanda aún no había abierto la boca cuando la abuela intervino.
Señaló a Javier y le espetó:
—¡Viejo cobarde! ¿No decías que te ibas a divorciar de esa trepadora? ¿Por qué no lo has hecho todavía? ¡Tus palabras valen lo mismo que un pedo!
Javier, a pesar del insulto, mantuvo la calma.
—Paula, sí me voy a divorciar de ella, pero esta última semana la familia Zúñiga ha estado de un lado para otro, sin tener dónde guardar nuestras cosas. No he encontrado nuestro certificado de matrimonio y todavía no nos hemos asentado del todo. Lo haré lo más pronto posible, no te preocupes.
—¡A mí qué me importa si te divorcias o no! ¡Solo digo que todos ustedes hablan por hablar! —Tras decir eso, la anciana dejó de mirar a Javier y se volvió hacia Rocío y Elvia.
—Rocío, Elvia, ellos vinieron a comer y nosotros también. No tenemos por qué tener miedo. Es de día, ¿qué nos van a hacer, comernos? Nos sentamos aquí tranquilamente a comer y, de paso, vemos el video que grabó Elvia.
—La abuela tiene razón. El video que grabé de esos dos vejestorios es de lo más emocionante. En un lugar público como este, aunque nos hayan traído, ¿qué pueden hacernos? ¿Pegarnos? ¿Escupirnos? En cambio, hay quienes se meten a nuestra casa en plena noche, se arrodillan y le ruegan a mi abuela que les escupa y los pise. Eso sí que es divertido.
Javier se quedó sin habla.
Rocío sonrió y declinó.
—No, gracias.
—No hay problema si no quieren. Ustedes cuatro siéntense allá y nosotros acá. De todas formas, no estamos lejos. Ah, por cierto, hoy invito yo. No se corten —dijo Fernanda con el aire de una matriarca.
—Está bien.
Rocío se dio cuenta. Fernanda estaba protegiendo descaradamente a la familia Zúñiga y, al mismo tiempo, lanzándole una advertencia.
Miró a Mireya. Ella, acariciando su vientre, le dedicó una leve sonrisa.
—Señorita Amaya, lamento decepcionarla. No pudo ver lo que tanto deseaba: a toda mi familia viviendo en la calle.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Desquite de una Madre Luchona