Rocío guardó silencio, sus labios temblaban pero no se atrevía a decir una sola palabra.
Tras un respiro, alzó la voz con timidez:
—Señor Ríos...
Samuel levantó la mano, indicándole que se callara.
Siguió hablando por teléfono, su voz tronó por toda la habitación:
—Si yo, Samuel, quiero invertir en un proyecto, no hay fuerza que me lo impida. Si ella quiere inversión, yo se la doy, pero si me rechaza, mínimo que me dé un motivo razonable. Quiero hablar con ella cara a cara, ¿queda claro?
Sin esperar respuesta, colgó de inmediato.
Luego, con una mirada que fulminaba, se dirigió a Rocío:
—¿Qué esperas? ¿No piensas largarte?
—Señor Ríos, fui yo quien chocó su carro. Tengo que hacerme responsable —dijo Rocío, con una sinceridad que rozaba la súplica.
De repente, el hombre saltó de la cama como si nada, se plantó frente a ella y, sin previo aviso, le sujetó el cuello. La empujó con fuerza contra la puerta, apretando justo lo suficiente para que le doliera, pero sin asfixiarla por completo. Sus dedos se clavaron en las mandíbulas de Rocío, haciéndole ver estrellas por el ardor.
—¡Mujer! ¡Tu bajeza me repugna! —espetó con desprecio.
Rocío no pudo responder. Intentó zafarse, pero la presión de Samuel la mantenía inmóvil. Solo podía mirar esos ojos llenos de veneno y escuchar los insultos que le lanzaba.
—En el Club de Cosmos te vi acosando a Lázaro. Esa niña que estaba con él, ¿cómo te llamó? ¿Caza fortunas?
—Ese día... tú... ¿también estabas ahí? —balbuceó Rocío, apenas logrando sacar las palabras.
—Si él puede estar, ¿por qué yo no? —Samuel soltó una carcajada sarcástica.
—¿Eres tan poca cosa que, como Lázaro no te hace caso, ahora vienes tras de mí? ¿Primero te disfrazas de fea y te lanzas contra mi carro para llamar mi atención, y luego te pintas como payasa para venir al hospital, creyendo que voy a caer en tu trampa?
—Eres igualita a esas oportunistas. Lázaro y yo somos rivales, pero compartimos el mismo asco por mujeres como tú. Los hombres sabemos elegir, ¿entiendes?
—Mujeres como tú no valen ni para cargarle los zapatos a las amigas de Lázaro, ¿y aun así te atreves a intentar seducirme?
Rocío dejó de resistirse. Bajó la mirada, tragándose cada palabra venenosa que Samuel le arrojaba.
—¡Señor Ríos! ¡Presumido! ¡Nariz de oro!
Samuel la miró, con el ceño fruncido.
—¿Te crees el dueño del mundo? ¿El rey de reyes? ¿Si yo soy una oportunista, entonces tu madre qué es? ¡No te atrevas a acercarte! Si das un paso más, mando las fotos en las que me abrazas a todos tus contactos. Y si quieres, grito en el pasillo que intentaste sobrepasarte conmigo.
Samuel quedó pasmado, como si le hubieran dado un balde de agua fría.
—¿Acaso fui al Club de Cosmos a buscar hombres ricos? Entonces, ¿puedo pensar que tú vas ahí a buscar señoras adineradas? ¿O acaso eres tú el que se vende?
Samuel no reaccionaba. Nunca antes lo habían humillado de esa manera. Y, para su sorpresa, se quedó escuchando sin explotar.
Por dentro, juraba que en cuanto terminara de hablar, Rocío iba a pagar caro su atrevimiento.
—Chocar contigo fue tu culpa. Dejaste tu carro donde no debías, el semáforo estaba en verde y tú bloqueaste el paso. ¿A quién más iba a chocar? Mi carro quedó hecho pedazos, así que tendrás que pagarme todo lo que valga, ni un peso menos.
—Y por si no lo sabías, sé quién eres porque tu información de inversionista está en mi computadora. ¿Ese proyecto que tanto quieres conocer? Pues el desarrollador soy yo.

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