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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 42

Samuel se quedó completamente pasmado.

—¿Qué dijiste?

No lo podía creer. Esa mujer, loca, descuidada y con fama de no tener clase, ¿era la desarrolladora del proyecto?

—No escuchaste mal, Samuel. La persona que estás buscando para ese proyecto soy yo. ¡Sí, yo! Te lo digo claro: no pienso trabajar contigo, no quiero tu inversión, jamás aceptaré tu dinero. Mejor olvídalo, deja de intentarlo. Que estés bien.

Al terminar, Rocío se giró y salió decidida.

Sin embargo, tras apenas dos pasos, regresó y, clavando la mirada en Samuel, le advirtió:

—Escucha bien, Ríos. Dicen por ahí que te mueves tanto con la policía como con los que están fuera de la ley, que no te importa la vida de la gente. Yo lo creo. Pero si se te ocurre amenazarme o ponerme un dedo encima, tengo todo grabado en mi celular. Te juro que haré que todo el país se entere si intentas venderme al extranjero o hacerme desaparecer.

Ahora sí, Rocío se marchó sin volver la vista atrás.

Sabía que frente a Lázaro había perdido la cabeza, que incluso había dejado su orgullo a un lado. Pero Lázaro era un hombre al que alguna vez amó, el padre de su hija.

¿Y este Samuel? ¿A cuento de qué?

Jamás habían cruzado caminos, no había razón ni para odio ni para enemistad. ¿Por qué tenía que menospreciarla así? Hasta había estado a punto de asfixiarla.

Pero después de esa bronca, Rocío sintió como si le hubieran quitado un peso de encima. Un alivio, una satisfacción que nunca antes había experimentado.

...

Durante los días siguientes, Rocío, con el apoyo de Fabián, rentó una oficina y realizó los trámites para abrir su propia firma de diseño.

La inversión inicial fue de un millón de pesos.

A partir de ahora, firmaría todos los contratos con inversionistas bajo el nombre de su propia empresa, colaborando en el desarrollo de su proyecto de residencias para adultos mayores.

Sentada en su nueva oficina, mirando a través de la ventana cómo los carros iban y venían por la avenida, Rocío sentía una mezcla de asombro y orgullo.

En poco más de un mes, había pasado de ser ama de casa a convertirse en la principal accionista de una firma de diseño.

—Roci, entonces… ¿ya soy la subdirectora de tu empresa? —preguntó Elvia por enésima vez, con los ojos brillando de emoción.

—Sí —respondió Rocío, también por enésima vez—. Te encargarás de pedir la comida, limpiar la oficina, recibir los paquetes, hacerme los mandados y llevar a Sergio a la escuela y traerlo de regreso. Subdirectora.

—¡Eso suena genial! —Elvia se veía más que complacida con su puesto.

—Tienes razón. Mejor le organizamos una fiesta de ensueño solo para él, ¡le vamos a dar a ese ganso un sorpresón! —dijo Elvia, convencida.

Eso mismo tenía en mente Rocío.

Le había prometido a Sergio que podría invitar a todos sus mejores amigos a la fiesta.

Por eso, se dedicó a buscar el mejor lugar posible. Revisó opciones durante varios días, hasta que al final decidió rentar un salón privado en un hotel temático de Disney.

Pero tanta búsqueda le costó tiempo y trabajo atrasado. Cuando por fin terminó con los preparativos del hotel, Rocío se dispuso a recuperar el tiempo perdido y decidió quedarse a trabajar hasta tarde en la oficina.

Apenas se había sentado frente a su escritorio cuando recibió una llamada del guardia de seguridad.

—Señorita Amaya, la buscan.

—Gracias, bajo en seguida.

Rocío bajó y, al llegar a la entrada, vio a un hombre esperándola afuera.

—Señorita Amaya, ¿podemos platicar un momento? —Samuel la saludó con una sonrisa cortés, mostrando una actitud mucho más educada que antes.

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