Álvaro todavía no salía de su asombro por lo de los hijos de Mireya, cuando la llamada del mayordomo lo sobresaltó de nuevo.
A su edad, ya pocas cosas lo sorprendían.
Con voz serena, volvió a preguntar:
—¿Qué dijo? No lo escuché bien.
El mayordomo repitió:
—Señor, ¿la muchacha que estaba rezando en la tumba de la señorita es una estafadora? Usted me dijo que la conocía, pero ella dice que no se apellida Zúñiga y que no lo conoce a usted. Ni siquiera sabe cómo se llama o a qué se dedica.
Álvaro se quedó sin palabras.
Su mirada se posó sin querer en Mireya, que sonreía victoriosa, y de pronto tuvo una sensación extraña, ¿acaso estaba viendo visiones?
Pero era un hecho que Mireya había ido a Italia hacía unos días.
Solo que él había estado en el hospital todo este tiempo y ella, ocupada con los preparativos de la boda, así que no había tenido oportunidad de preguntarle por el contrato de la herencia.
—Dejemos eso por ahora —dijo al teléfono—. Hablaremos después de la boda.
Álvaro colgó.
Nadie podía adivinar lo que pasaba por su mente en ese momento.
No percibía la tensión silenciosa que había entre Lázaro y Mireya en el escenario.
Simplemente, se había quedado de una pieza al enterarse de que Mireya tenía dos hijos.
En cuanto a si Lázaro los aceptaría, Álvaro estaba seguro de que lo haría.
No era para tanto.
Lázaro tenía hijos con su exesposa, y Mireya los tenía con su exmarido. En una familia que se reconstruye, ¿no es algo de lo más normal?
En ese instante, Álvaro dejó de preocuparse por los hijos de Mireya y dirigió una mirada de disculpa a Rocío.
Hacía mucho que quería pedirle perdón.
Pero nunca se le había presentado la oportunidad.


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