Si se atrevía a decir que no quería a los hijos de Mireya, la gente lo criticaría: «Tú también te casaste por segunda vez y tienes tus propios hijos. Si Mireya puede aceptar a los tuyos, ¿por qué tú no puedes aceptar a los de ella?».
Aunque Lázaro quisiera matarla de una bofetada, Mireya llevaba en su vientre a sus gemelos.
No le quedaba más que tragarse su coraje.
Sobre todo, con Samuel y Rocío presentes.
Sabía perfectamente lo satisfechos que se sentirían Samuel y Rocío al enterarse de que Mireya traía consigo dos hijos de otro hombre.
¿Se estarían burlando de él?
Lázaro, cuya ira casi lo hacía perder la razón, recuperó la compostura al pensar que Rocío y Samuel se reirían de su desgracia.
Entonces, rodeó a Mireya con el brazo.
Con un tono magnánimo, le dijo:
—Esposa, ¡qué maravilla! Sabes que me encantan los niños. Ahora tendremos cinco en total. Como dice el señor Gómez, ¡cinco hijos, qué alegría!
Mireya apoyó la cabeza en el hombro de Lázaro y dijo con una voz dulce y tierna:
—Mi amor, ¡lo sabía! Sabía que me amas tanto que también amarías muchísimo a mis hijos. No me equivoqué.
—Por supuesto —respondió Lázaro, forzándose a reprimir su furia para poder articular esas dos palabras.
Al ver a su hijo y a su nuera tan felices y perfectos, Ineta se acercó y les dijo:
—Lázaro, Mireya, ¿por qué no hacemos que los niños vengan a saludar a todos? O mejor aún, ¿qué tal si cuando suban al escenario a presentarse ya usan el apellido Valdez? ¿Qué les parece?
Mireya asintió.
—¡Claro que sí, mamá! No me importa si los niños llevan mi apellido o no. Creo que si llevan el de Lázaro, será una muestra de respeto hacia él.
Lázaro, Fernanda y toda la familia Valdez se quedaron sin habla.
En ese momento, Gonzalo y Fernanda sintieron como si les hubieran metido un puño de porquería en la boca. A Fernanda se le revolvió el estómago con unas náuseas que iban en aumento.


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