Elvia levantó la mano y picó la nariz de Sergio.
—¡Eres un pillo, mucho más avispado que tu mamá! Ya sé lo que estás pensando: tu mamá me regaló una bolsa carísima, mucho más cara que cualquier pago de niñera. ¿Eso es lo que querías decir, verdad?
Sergio, con una seriedad que le quedaba graciosa, la elogió:
—Elvia, ¿cómo le haces para ser tan lista…?
—A ver, dime la verdad —le atajó Elvia con una sonrisa pícara—, cuando seas grande, ¿a quién vas a querer más, a mí o a tu mamá?
Sergio respondió sin dudar:
—A mi mamá.
—¡Vaya que sí eres buen hijo de tu mamá! ¿Y no te da miedo que yo ya no quiera cuidarte?
Enseguida, la carita de Sergio se tornó preocupada y sus ojos se pusieron vidriosos.
—Elvia, tú no vas a dejar de ayudar a mi mamá, ¿verdad?
Elvia soltó una carcajada y lo tranquilizó:
—¡Ay, cómo crees! Solo te estaba molestando. Mira, tu mamá y yo nos conocemos desde que ella tenía diez años, ¡me salvó la vida! Si no la ayudo a ella, ¿a quién? Te lo juro, aunque tu mamá no me diera ni un peso de niñera, yo jamás te dejaría. Ahora ve por tu alcancía y saca tus ahorros, ¡vamos a pedir la mejor comida por app!
Sergio se quedó callado, mirando a Elvia con resignación.
...
Un rato después, el niño, con cara de tragedia, trajo su alcancía electrónica y la puso frente a Elvia.
—Bueno, porque tú me vas a organizar mi cumpleaños, voy a usar mis ahorros para invitarte a comer —dijo, suspirando como si fuera el sacrificio más grande del mundo.
Elvia le revolvió el cabello y le prometió:
—¡Ánimo, no te pongas triste, manito! Elvia te va a preparar una sorpresa enorme en tu cumpleaños.
Al escuchar eso, Sergio volvió a sonreír de oreja a oreja.
...
Tres días después, llegó el cumpleaños de Sergio.
Pero la verdad era otra.
Lázaro jamás había amado a Rocío.
Y jamás le había celebrado un cumpleaños a Sergio.
—Vamos a la recepción por más globos —dijo Rocío, evitando seguir pensando en cosas tristes. Tomó a Elvia del brazo y salieron del salón rumbo al vestíbulo.
Nada más salir del elevador, Rocío se estrelló de lleno contra un hombre.
Ese aroma amaderado tan familiar la envolvió en un instante.
Antes, ella se había vuelto adicta a ese olor.
Pero ahora, sentirlo de nuevo solo le provocaba asco y rechazo.
Alzó la vista, lo miró directo a los ojos y, con una voz cortante y distante, preguntó:
—Lázaro, ¿qué haces aquí?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Desquite de una Madre Luchona