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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 64

Sergio tenía tantas ganas de llorar del miedo que sentía.

Pensó y pensó, hasta que al final tomó su celular y marcó un número.

Al otro lado contestaron casi de inmediato. Una voz anciana, cálida y llena de cariño sonó por el auricular:

—Sergio, mi querido nieto, ¿cómo es que te acordaste de llamar a tu bisabuela?

—Abuelita... —la voz de Sergio temblaba y se le quebraba—, tengo miedo...

—¿Qué pasó, Sergio? Mi niño, no llores, dime, cuéntale a tu abuelita, ¿qué te sucedió? —La señora, impaciente, ya empezaba a sudar de la preocupación.

Entre sollozos, Sergio alcanzó a explicarle el nombre de la colonia y la calle principal donde vivían. La anciana repitió todo varias veces, memorizando cada detalle.

Cuando estuvo segura de tenerlo bien grabado, le habló con firmeza:

—No tengas miedo, mi niño, ahorita voy para allá y me quedo contigo.

—¡Sí! —Al escuchar eso, Sergio sintió que el miedo se le desvanecía.

Se acostó junto a su mamá, cuidándola, y en poco tiempo, el pequeño terminó durmiéndose, agotado.

...

Rocío despertó después de un rato.

Lo primero que vio fue a Sergio dormido a su lado, aún aferrado a ella. Lo levantó con cuidado y lo acomodó en la cama para que descansara mejor. Luego, salió a buscar a Elvia por toda la casa.

—Elvia, ¿dónde estás? —Rocío no podía entender por qué no la encontraba.

Elvia no regresó sino hasta las tres de la madrugada.

La sala estaba sumida en la oscuridad.

Entró de puntitas y encendió la luz con cautela. Al ver a alguien sentado en el sofá, soltó un grito:

—¡Ay, mamá! ¡Casi me matas del susto! Roci, ¿por qué no estás dormida? ¿Qué haces aquí sentada en la oscuridad?

—¡Elvia! —La voz de Rocío sonó tan seca y dura que a Elvia se le erizó la piel.

Elvia se quedó congelada.

—Hace siete años me prometiste que ya no ibas a esos lugares. ¿Dónde anduviste hoy? ¡Habla! ¡Si no, te vas a arrepentir!

—Yo... —Elvia no sabía qué decir.

Rocío se levantó de golpe y le jaló la oreja:

No podía dejar de pensar en todos los gastos: la luz, el agua, el aire acondicionado, la renta, el pago a los de seguridad y, por si fuera poco, los sueldos. Al final del día, sumar todo eso no bajaba de varios miles de pesos.

Sentía la preocupación mordiéndole el estómago.

El teléfono sonó. Era Fabián.

—Roci, ¿quieres que yo hable con Lázaro para ver si lo puedo contactar por ti?

Rocío negó con la cabeza, aunque él no podía verla.

—Fabián, ya me has ayudado demasiado. Este proyecto es muy grande, no quiero que te metas en problemas por mi culpa. No quiero arrastrarte a este lío. De verdad, gracias por preocuparte, Fabián. Ya tengo un plan: en unos días va a ser el cumpleaños de la abuela de la familia Zúñiga. Ahí voy a buscar a Lázaro.

—Me parece bien —respondió Fabián—. Pero si necesitas algo, lo que sea, cuéntamelo.

—Está bien.

Apenas colgó, su celular volvió a sonar.

Era Elvia. Rocío contestó de inmediato:

—¿Elvia?

—¡Roci, ya sé dónde puedes encontrar a Lázaro y a Mireya! —La voz de Elvia sonaba emocionada y triunfadora.

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