—Hermana.
La voz de Rocío sonaba tan desolada que a cualquiera se le helaba la sangre.
—En diez minutos, si no te llamo, quiero que envíes la foto que te acabo de mandar a todos los medios, y que digas que estuve con Samuel en mis últimos momentos.
Samuel se quedó perplejo. Apenas ahora entendía lo que Rocío pretendía.
Al otro lado de la línea, Elvia sonaba al borde del llanto.
—Roci, ¿qué te pasa? ¿No que ibas a ver a la abuela con la familia Zúñiga? ¿Por qué... por qué ahora estás con Samuel? ¿Por qué estás hablando de morir? Si te pasa algo, ¿qué será de mí, de la abuela, de Sergio? ¿Qué vamos a hacer los tres?
—Haz lo que te dije. Si en diez minutos no te marco, manda la foto. Hazme caso.
—Sí, lo haré.
Sabía que en los momentos clave, Elvia siempre obedecía a Rocío.
Solo entonces Rocío le indicó a Samuel que podía colgar la llamada.
En cuanto él colgó, ella le quitó el celular de las manos con rapidez, se alejó cuatro o cinco pasos, y lo miró como si fuera a enfrentar su destino, mientras él la observaba con el ceño fruncido y el rostro cargado de enojo.
—Mira, Ríos, lo que pasó fue un accidente, no fue mi intención atropellarte ni mucho menos. Ni siquiera quiero trabajar contigo, así que tampoco te estoy engañando. ¿Pero por qué te empeñas en arruinar mi vida? ¿Solo porque te caigo mal? Que persigas a Mireya, lo entiendo, es una chica linda y todo el mundo quiere estar con alguien así. Pero no todas las mujeres somos como ella. Algunas, como yo, terminamos siendo tu blanco de burlas, la chica a la que tratas como si fuera basura. ¿De verdad crees que después de que me llamaste basura voy a temerte?
Samuel no encontró palabras para responder.
En ese momento, Rocío lo desarmó por completo.
—¡Haz que retiren la llamada que hiciste! Si no, en diez minutos le marcaré a mi mejor amiga, y ella va a mandar la foto a todos los sitios más importantes del país. Ríos, Solsepia es una ciudad pequeña, nos seguiremos cruzando. No pienso vivir con la amenaza de que cada vez que te vea pueda ser mi final. Si me dejas tranquila, jamás divulgaré esa foto. Eso es todo, adiós.
Dicho esto, Rocío le dio la espalda, abrió la puerta del carro, encendió el motor y se marchó.
Samuel se quedó parado ahí, aturdido, sin saber qué pensar.
Él sí había ido esa noche a buscar a Mireya.
Lázaro tampoco soportaba a las mujeres superficiales.
A Lázaro le gustaba Mireya. Y a Samuel también.
Pero escuchar todo esto, justo de la boca de Rocío, a quien siempre había menospreciado, lo sacudió por dentro.
Samuel estaba desconcertado.
Aunque hacía un momento Rocío le había colocado un cuchillo en el cuello, él sabía que, con solo un poco de fuerza, podría haberle roto la muñeca a esa mano tan frágil. Ella no era ninguna amenaza física.
Pero su actitud, la manera en que encaró la situación, tiró por tierra todas las ideas que Samuel tenía sobre ella.
Era una resistencia casi suicida, una lucha por sobrevivir cuando no quedaba nada más, una energía que, a diferencia de Mireya, era ruda y real, una vitalidad que no podía ignorar.
Samuel miró el carro de Rocío alejarse, tocándose la herida sangrante en su cuello con los dedos. Con una mezcla de asombro y una pizca de admiración, murmuró para sí:
—Rocío, vaya sorpresa. Ahora sí que tengo ganas de volver a verte.

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