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El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival romance Capítulo 198

Bianca estaba tan incómoda que rascaba el suelo con los pies.

No se atrevía a mirar a Mariano, y si sus miradas chocaban, ella la desviaba al instante.

Por suerte, Mariano no parecía darle importancia al incidente de la tarde.

Su expresión seguía siendo serena.

Salió de la cocina remangándose la camisa y miró a las dos mujeres en el sofá.

—¿Qué quieren cenar? Hugo y yo cocinamos.

¿Cómo?

¿Que el jefe le cocine? Eso no estaba bien.

Bianca se levantó de inmediato.

—Yo también sé cocinar, puedo ayudar.

—No hace falta, nosotros nos encargamos. ¿Qué les gusta comer? —Mariano no tenía intención de dejarla ayudar.

Adriana explicó sonriendo:

—Mi hermano es un chef increíble, ya ves que los que estudian en el extranjero se vuelven expertos en la cocina.

Bianca se sorprendió. ¿No decían en internet que los hijos de familias ricas se llevaban sirvientes y chefs cuando iban a estudiar fuera?

Como si leyera su duda, Adriana se puso las manos en la cintura con orgullo.

—Cuando mi hermano se fue a estudiar no se llevó nada, porque mi abuelo dice que a los varones hay que criarlos con austeridad para que no se vuelvan mimados. Pero yo... yo soy diferente, a mí me criaron como princesa.

Mariano puso cara de resignación ante su hermana.

—Entendido, gran señorita criada como princesa. ¿Qué desea cenar su alteza?

Adriana pidió dos platillos y Bianca otros dos.

Como estaban aburridas sentadas, Adriana recordó algo de repente:

—Me acuerdo que aquí hay un asador, voy a buscarlo.

Y sí, lo encontró.

—¡Yo hago la carne asada! Hay una terracita afuera, ¡vamos allá! —Adriana estaba muy entusiasmada.

Pero siendo una niña fresa que nunca había tocado un traste sucio, jamás había usado una de esas cosas. Tan solo prender el carbón le estaba dando dolor de cabeza.

En ese momento, Hugo, con un delantal puesto, asomó la cabeza desde la cocina.

—¿Necesitas ayuda?

Adriana, terca, respondió:

—No.

Bianca tampoco había asado carne antes, así que le jaló la manga a Adriana.

—Ándale, mejor deja que Hugo ayude.

Pero se quedó parado ahí demasiado tiempo.

Tanto que la princesa no pudo evitar mirarlo de reojo.

—Oye...

—Se quemó.

Dijeron los dos al mismo tiempo.

Adriana bajó la mirada.

—¡Ah! ¡Mi carne!

La carne de cordero ya era un pedazo de carbón negro.

Adriana pataleó del coraje.

—¡¿Por qué me avisas hasta ahorita?!

«¡Maldito! Se quedó parado ahí como estatua y me avisa cuando la carne ya está quemada».

¡Era venganza!

¡Venganza premeditada!

Las miradas de ambos sacaban chispas. Viendo que la guerra estaba por estallar, Bianca retrocedió un par de pasos y se refugió en la cocina de la villa.

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