Llegó otro fin de semana. Bianca fue primero al hospital a visitar a su madre y luego se apresuró al proyecto en el centro de investigación.
Debido al ajetreo del lanzamiento de nuevos productos y la enfermedad de su madre, últimamente había estado coordinando con Sergio de forma remota.
Al ver entrar a Bianca, Sergio se acercó y preguntó por la salud de Selena.
—Todo bien, nada grave.
Sergio notó el cansancio evidente en su rostro, así que no se entretuvo con charlas y le preguntó sobre el progreso de las patentes y cuándo podrían declararlas.
Bianca abrió su laptop directamente para mostrarle.
—Verifica estos datos una vez más. Si no hay problemas, ya podremos hacer la solicitud.
Sergio escaneó la pantalla y concluyó:
—Entonces será pronto. Envíame esos datos en un rato, yo te ayudo a verificar una parte.
Bianca sabía que quería ahorrarle tiempo, pero negó con la cabeza y sonrió.
—Mírate esas ojeras, están peor que las mías. Tienes que ocuparte de la investigación y de tu tesis doctoral; tu tiempo vale oro.
—¿Tengo muchas ojeras? —Sergio se rascó la cabeza, apenado, y se giró para pedirle un espejo a un compañero.
—Sí están medio exageradas, jajaja —rio Sergio con sequedad. Al darse cuenta de lo descuidado que se veía frente a Bianca, se sintió avergonzado.
No muy lejos, Dolores, quien fingía estar inmersa en su trabajo, en realidad tenía la oreja parada escuchando todo.
Al oír a Sergio y Bianca platicar y reír, apretó los dientes con rabia.
Cuando Bianca no estaba, Sergio era serio, callado y rara vez sonreía. Incluso cuando ella iba a buscarle plática, él contestaba con monosílabos.
Pero en cuanto llegaba Bianca, él la recibía con una sonrisa y no paraba de hablar.
«¡Maldita zorra!», insultó Dolores en su mente.
Las veces anteriores, Bianca había tenido algo que ver con uno de los inversores, el Director Fajardo. Dolores había percibido esa tensión ambigua entre los dos.
Y ahora andaba de risitas con Sergio. Si eso no era ser una zorra, ¿qué era?
Y luego estaba lo de la patente.
Siempre la veía ocupada, diciendo que iba a solicitar una patente, pero quién sabía si era verdad.
Pero también pensó en el precio que podría pagar.
Dolores frunció el ceño y se preguntó: ¿realmente valía la pena correr el riesgo?
¿Qué ganaría ella? Aparte de darle una lección a Bianca y desahogar su coraje, parecía que no obtendría nada.
Florencia adivinó rápidamente la razón de su duda y dijo con voz melosa:
—Dolores, escuché que quieres quedarte trabajando en la universidad después de graduarte. Qué coincidencia, mi familia se lleva muy bien con el rector de la Panamericana.
—¿De verdad? —Dolores apretó el celular, con el corazón latiéndole a mil por hora.
Si pudiera quedarse en la universidad, sería increíble.
Florencia le prometió una y otra vez, y finalmente cerró el trato:
—Mañana en la noche ven a mi casa, haré que el rector te vaya ubicando.
—¡Genial, muchas gracias, señorita Florencia!
—Dime Florencia. De ahora en adelante, lo que quieras pídemelo, y yo te echo la mano.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival
Me han quitado ya mas 15 desbloqueo los capítulos me da error y no se abren que esta pasando...