Verónica se quedó lívida.
Porque Tamara tenía razón: el bebé que esperaba no era de Nico.
Pero no tenía opción, estaba acorralada. Aunque se arriesgara a ser descubierta, tenía que intentarlo.
De lo contrario, tendría que casarse con ese viejo asqueroso y grasiento que le había buscado su padre.
¡No, eso jamás!
Respiró hondo y ordenó sus ideas.
Era un hecho que se había acostado con Nico. Nico tenía mala fama en el círculo, había estado con innumerables mujeres, así que era inevitable que hubiera una o dos embarazadas por accidente.
Tamara solo estaba blofeando para asustarla y que se retirara.
Aunque luego pudieran hacer una prueba de ADN, eso sería después. Al principio, tenía que encontrar la manera de obligar a la familia Correa a aceptar que se casara con Nico. Una vez casados, aunque se descubriera, no le importaba.
En el peor de los casos, se divorciarían y, con la fortuna de los Correa, le darían una buena indemnización para que viviera tranquila el resto de su vida.
Al pensar en esto, Verónica relajó el ceño y devolvió la mirada desafiante.
—Señora, si no me cree, pregúntele a su hijo si se acostó conmigo y si usó condón o no.
A Tamara le tembló el párpado del coraje y azotó la taza en la mesa.
¿De dónde había salido esta tipa tan vulgar para soltar esas cosas sin vergüenza alguna?
Eso hizo que despreciara aún más a Verónica.
Aunque Tamara estaba furiosa, sabía que lo que decía la chica probablemente era cierto.
Conocía perfectamente a su hijo.
Ya había resuelto dos asuntos similares antes.
Al final, resultó que sí eran hijos de él.
¡Inútil! No solo andaba de loco, sino que encima dejaba panzas por ahí.
Tamara se cruzó de brazos, se recargó en el sofá y miró a Verónica con superioridad. Con un tono como si le hablara a un mendigo, preguntó: —Habla. ¿Cuánto quieres?
—Los de la zona suburbana, los que se dedican a la minería.
Tamara recordó. Soltó una risa burlona: —Conozco a la hija de los Leyva y no eres tú. La próxima vez que mientas, haz tu tarea.
Esta mujer, tonta y mala, y todavía se atrevía a venir a hacer el ridículo. A Tamara le daba cada vez más asco.
Verónica sentía odio en su interior. Todo era culpa de sus padres por ser parciales; ella era la hija biológica, pero siempre llevaban a la adoptada a los eventos sociales.
Ahora resultaba que nadie la conocía.
—No es así. Yo soy la verdadera hija de los Leyva. La otra es adoptada, es la falsa —se apresuró a explicar.
Pero Tamara no le creyó ni una palabra y rodó los ojos. —Miente mejor, eso es demasiado falso, solo un tonto te creería.
—Señora, créame, de verdad soy la hija biológica. ¡Si no me cree, llámele a mi papá!
—Ya basta. Aunque fuera verdad, no sirve de nada. Tú sabes bien cuál es el nivel de los Leyva; no están a la altura de la familia Correa. Hablemos de cosas realistas. ¿Cuánto dinero quieres?
—¡Está bien! ¡Entonces quiero cincuenta millones!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival
Me han quitado ya mas 15 desbloqueo los capítulos me da error y no se abren que esta pasando...