Mariano Fajardo se quedó momentáneamente atónito, comprendiendo que ella decía eso para devolverle el favor, agradeciendo su ayuda.
El brillo en sus ojos se atenuó al instante.
—Mmm, con que hagas tu mejor esfuerzo basta —respondió con voz ronca.
La lluvia amainaba, pero parecía que tardaría bastante en detenerse por completo.
Al ver que oscurecía cada vez más, ambos decidieron que no podían quedarse ahí sentados esperando a que escampara.
Se levantaron para salir de la cueva, pero tras dar unos pasos, Mariano notó que Bianca Guzmán no lo seguía. Se giró, confundido.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que Bianca se había lastimado el tobillo; seguramente había pisado mal alguna piedra antes de refugiarse.
Tenía un carácter obstinado; herida y todo, no decía ni pío, dispuesta a caminar apretando los dientes.
Suspirando, Mariano regresó, le puso el paraguas en la mano a Bianca y, sin previo aviso, la cargó en brazos.
Bianca casi gritó del susto:
—Tú…
—Te llevaré cargando, así será más rápido. Tú encárgate del paraguas.
Bianca bajó la mirada en silencio.
—Está bien.
Ella sostenía el paraguas, advirtiéndole de vez en cuando sobre dónde pisar. En poco tiempo, pasaron del sendero lleno de maleza a media montaña hasta llegar al camino empedrado con escalones.
El cielo se oscurecía, la niebla envolvía la montaña impidiendo ver el final del camino. Seguramente la capilla ya había cerrado sus puertas.
Bianca suspiró levemente para sus adentros.
—Mañana por la mañana te acompaño —dijo Mariano, como si le hubiera leído el pensamiento.
La mañana siguiente seguía siendo tiempo libre; el autobús no regresaría a la ciudad hasta después del almuerzo.
Bianca asintió.
—De acuerdo.
Ambos bajaban hacia el pie de la montaña cuando, inesperadamente, se cruzaron con Norberto Gámez, quien llevaba medio cuerpo empapado bajo su paraguas.
Norberto estaba exhausto, con el rostro marcado por el cansancio.
Al ver a Bianca de repente, recuperó la energía al instante. Se abalanzó hacia ella en un abrir y cerrar de ojos, lleno de preocupación:
—¿Estás bien? ¿Te lastimaste?
Bianca, al verlo sudoroso y con los hombros mojados, sintió una mezcla compleja de emociones.
Negó con la cabeza.
—Estoy bien.
Cuando Norberto recuperó el aliento, se fijó mejor: ella llevaba puesta una chamarra de hombre.
De quién era, resultaba evidente.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival
Me han quitado ya mas 15 desbloqueo los capítulos me da error y no se abren que esta pasando...