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El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival romance Capítulo 313

Al ver el precio, se quedó helada.

¡Seis cifras!

Giró la cabeza, un poco apenada, y preguntó:

—Disculpe, ¿tienen algún descuento ahorita?

La vendedora bajita apretó los labios y hizo una mueca de desdén.

—No. Nuestra ropa nunca tiene descuento.

Aunque Bianca ganaba bien y tenía ahorros, gastar más de cien mil pesos en un vestido le dolía en el alma. Nunca había sido vanidosa; si algo se salía de su presupuesto, no tenía por qué forzarlo.

—Lo siento, se sale de mi presupuesto. Lo dejaré por ahora —dijo Bianca con honestidad.

Iba a preguntar si tenían algo más económico, pero la vendedora rodó los ojos y murmuró:

—Si no tienen dinero, para qué vienen.

Bianca respiró hondo. Considerando que Adriana seguía probándose ropa, no quiso armar un escándalo.

Pero se fijó en el gafete de la empleada y memorizó su nombre.

Al ver que no le respondía, la vendedora se envalentonó y soltó un resoplido de desprecio.

Resultó que solo era una gata de la señorita Adriana; ella había pensado que era su amiga, alguna hija de papi. Con razón traía esa ropa tan austera, se notaba que no tenía ni un peso.

Siendo así, no había necesidad de atenderla. La vendedora pasó de largo frente a Bianca y se fue a esperar afuera del otro probador.

Poco después, la persona del otro probador salió.

Los dos guardaespaldas de la zona VIP se pusieron de pie de inmediato.

La vendedora bajita sonrió de oreja a oreja:

—Señorita Verónica, ¿se lleva estas prendas?

—Me llevo todo. Y esos dos pares de zapatos también, envuélvanlo todo —dijo la señorita Verónica con arrogancia.

Esa voz le resultaba familiar.

Bianca volteó instintivamente.

No le sorprendió toparse con la cara de Verónica Leyva, quien la miraba con una ceja levantada y una sonrisa burlona.

—¿Tú crees? —Verónica se alisó el vestido.

Justo cuando la vendedora pensaba que ya tenía la venta asegurada, Verónica dijo con desdén:

—Lástima que el corte de este vestido sea tan equis, hace que una se vea vieja.

Miró la etiqueta y chasqueó la lengua.

—Con razón, apenas cuesta seis cifras. Se ve súper corriente. La próxima vez recomiéndame algo bueno.

Dicho esto, le aventó el vestido a la cara a la vendedora.

La empleada no se atrevió a enojarse y mantuvo la sonrisa.

—Sí, sí, claro, tiene toda la razón.

Ya se había dado cuenta de que la señorita Verónica tenía pleito con la pobretona, y que todo eso lo decía para provocarla.

Siguiéndole el juego, agregó con desprecio:

—Usted, señorita Verónica, es una dama de sociedad y el dinero no es problema, pero hay gente que ni para un vestido de cien mil pesos le alcanza.

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