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El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival romance Capítulo 350

Verónica sacó su celular y se dio cuenta de que no tenía saldo suficiente para pagar el viaje.

Avergonzada, bajó la cabeza: —Perdón, se... se me olvidó el dinero.

El taxista abrió los ojos con furia: —¿Me estás jodiendo? Un viaje tan largo y me sales con que no traes dinero. ¿Te quieres morir o qué?

Observó a Verónica, recordando dónde la había recogido, y dijo con sarcasmo: —Si te dedicas a putear, ¿cómo no vas a tener dinero? ¿A quién quieres engañar?

Los ojos de Verónica se enrojecieron al instante. Furiosa, replicó: —¡Yo no hago eso! ¡Tú eres el que se vende, tú y toda tu familia!

El conductor se sobresaltó. —¡Todavía lo niegas! Mírate las heridas, cualquiera con un poco de experiencia sabe de dónde salieron esos golpes.

Verónica se derrumbó por completo.

El dolor que había reprimido volvió a salir a flote.

¡Resultaba que esas marcas no se podían ocultar con nada!

—¿Me vas a pagar o no? Si no pagas te llevo a la comis... ah, ya, olvídalo. Lárgate de una vez. ¡Qué mala suerte empezar el día así!

Verónica guardó el cuchillo en el bolsillo del pantalón, se lamió los labios secos y dijo: —Gracias.

Al bajar, caminó hacia Teje el Futuro en automático.

Pronto, muy pronto. Solo tenía que cruzar esa calle y todo terminaría.

Todo esto llegaría a su fin.

Verónica bajó la mirada y se tocó el vientre, con una sonrisa amarga en el rostro.

Este bebé parecía ser más fuerte de lo que pensaba.

Después de la tortura de anoche, seguía vivo.

«Solo que... perdóname, bebé. Mamá te falló, mamá se equivocó, se equivocó terriblemente».

—Entendido. —El guardaespaldas colgó y le dijo al otro—: Te mandé la dirección al celular. Vamos a esa clínica privada.

No supo cuánto tiempo pasó cuando Verónica despertó aturdida, sin una gota de fuerza en el cuerpo.

Quiso levantar el brazo, pero lo sentía pesadísimo, imposible de mover, y mucho menos podía escapar.

Miró a su alrededor: el techo blanco y el olor a desinfectante le indicaban sin lugar a dudas que estaba en un hospital.

Verónica sintió un frío recorrerle la espalda.

En ese momento, la puerta de la habitación se abrió.

Nico entró acompañado de dos guardaespaldas y dos médicos.

—Vaya, ¿ya despertaste? —Nico arqueó una ceja—. No pensé que fueras tan resistente, creí que no despertarías.

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